Al otro lado del río, por Eduardo Jara

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Anochecía cuando una hilera de hombres de piel cobriza, pintados para la guerra, reptaban como una gran víbora acercándose a la cabaña de la familia de desprevenidos colonos.

El joven jefe estaba lleno de rencor contra los hombres blancos, los mismos que habían ocupado sus ancestrales tierras. Para él, el tratado de paz firmado con los “wasicus” ya no tenía valor. Los extranjeros pagarían por su constante menosprecio a la Madre Tierra y al Gran Espíritu.

El rubicundo padre de familia estaba fumando una pipa después de un largo día de trabajo, mientras miraba como su hijo de ocho años jugaba con un caballito de madera que él le había tallado. Más allá estaba su mujer preparando una cena que nunca comerían.

La puerta de entrada se abrió violentamente y entraron a la habitación los belicosos hombres semidesnudos. La sorpresa paralizó a los europeos. El jefe siux sin dudarlo degolló al hombre. El niño al ver la sangre se puso a llorar. Uno de los atacantes lo tomó del brazo. La mujer vació el caldero con el guiso caliente sobre aquél que quería llevarse a su hijo; el indio lo soltó por el dolor. El joven jefe se abalanzó sobre ella; se la llevaría como esclava. Forcejearon. La madre se defendió rompiéndole una botella en la cara. El piel roja gritó por la profunda herida que le había vaciado un ojo.

La resistencia no duró mucho. Finalmente lograron controlarla. Procedieron a sacarle el cuero cabelludo al patriarca muerto y, posteriormente, se llevaron prisioneros a la madre y a su hijo.
Ahora, los atacantes irían a la granja de otra familia de colonos para repetir la tarea de castigar a los invasores y recolectar a sus mujeres con sus niños.

Amanecía cuando Jack Handford, el cazarrecompensas, llegó cabalgando al pueblo. Después de días de viaje necesitaba descansar y quitarse el polvo del desierto de su pelo apelmazado por el sudor y de su piel grasosa.

Afortunadamente, en la posada encontró un cuarto disponible. Pagó por un baño caliente y una comida contundente.

Una hora después estaba en una mesa del fondo del repleto “saloon” terminando de alimentarse, cuando entró el comisario con un par de alguaciles; venían armados con sus escopetas. Todos los comensales, bebedores y tahúres quedaron expectantes ¿Era acaso una redada? El comisario de frondoso bigote rompió el tenso silencio.

—Los Siux volvieron a romper el tratado de paz; asaltaron granjas matando y secuestrando mujeres. Estamos haciendo una partida de rescate ¿Quién se suma?
Nadie se movió. Jack mientras masticaba la última papa de su guiso preguntó:
—¿Cuánto hay de recompensa?

El comisario respondió:

—200 dólares por mujer rescatada y 10 dólares por indio muerto a repartir en los que participen.
—Está bien para mí. Cuente conmigo comisario

Después de que Jack se inscribió, lo siguieron otros. Entre ellos estaba un muchacho delgaducho, de no más de dieciséis años. Evidentemente, era un imberbe recién destetado, quien se le arrimó a Jack y le preguntó si podía viajar con él. Al veterano le dio un poco de lástima, pero no se negó. Sólo le aconsejó:

—Está bien, siempre y cuando no interfieras y menos que te dejes matar ¿Tienes un arma muchacho?
—La escopeta de mi abuelo.
—¿Y has matado a alguien alguna vez?
—Sólo he cazado algunos conejos.
—¿Conejos? Algo es algo, eso tendrá que servir. Te advierto que los conejos que vamos a cazar ahora son más grandes y peligrosos.

El asentamiento Siux se hallaba junto a un rio. Allí tenían erguidos el bosque de tiendas indias conocidas como “Tipis”. Las mujeres secuestradas estaban siendo obligadas a lavar ropas junto con las mujeres aborígenes. Cerca de ellas jugaban los hijos de las europeas. El niño de ocho años jugaba tristemente con su caballito de madera tallada. En un momento en que el guardia que cuidaba a las mujeres se alejó para orinar, la madre llamó a su hijo con la mirada. Él se le acercó con timidez; ella le susurró al oído.

—Hijo, debes huir. Si puedes pide ayuda, pero lo más importante es que sobrevivas.¡Prométemelo!
—Sí, mamita, te lo prometo
—Ahora cruza el río y que no te vean. Te amo, hijito.

Lo besó y le dio un pequeño empujón para que partiera. El niño cruzó con algunas dificultades el río; sólo se llevó con él, el caballito de madera y el beso de su madre.

Al rato volvió el guardia que cuidaba a las prisioneras. Se percató que faltaba el pequeño. Un niño siux dijo que vio como el fugitivo había cruzado el río y se había metido en el bosque.
Inmediatamente, el joven jefe tuerto fue informado del escape. Entró en cólera; mandó que amarraran desnuda a un madero a la madre del fugitivo. Allí, como escarmiento para el resto de las prisioneras, personalmente la azotó hasta dejarla agonizante. Sólo paró por el cansancio; después, la dejó amarrada al madero, a pleno sol, para que muriera de sed, ordenando que nadie la ayudara so pena de recibir el mismo castigo.

La partida de rescate estaba conformada por diez jinetes. Si bien no eran muchos, estaban bien apertrechados con revólveres colt, carabinas wínchester y escopetas. Además, Jack traía en sus alforjas algunos cartuchos de dinamita que en el pasado le habían sido muy útiles.
Recorrieron las diversas granjas incendiadas por los indios insurrectos. Desde ahí, pudieron seguir el rastro río arriba por casi tres días completos, hasta que por fin, casi al anochecer, encontraron el nuevo asentamiento siux. Se acercaron desmontados para no ser detectados por los guardias. Desde una colina pudieron ver los numerosos tipis. En el centro de la aldea había dos especialmente grandes. Jack habló en voz baja:

—Comisario, por mi experiencia, las mujeres raptadas deben estar en uno de esos dos grandes tipis; el otro debe ser del jefe de la tribu. Tenemos suerte de que haya luna menguante; se hace más fácil eludir a los centinelas. Debemos actuar ahora. Muchacho, sígueme y haz lo que yo haga.

El grupo se desplegó en abanico, se arrastraron bajando la colina lo mejor que pudieron. Un centinela enemigo cayó silenciado por un puñal en la garganta. Siguieron infiltrándose. Estaban ya casi llegando a las tiendas grandes donde estaban las mujeres; pero, desafortunadamente, unos perros comenzaron a ladrar y dieron la alarma.

Los primeros guerreros en salir de sus tiendas cayeron fulminados por escopetazos y disparos de los wínchesteres. Todo se transformó en un pandemónium de disparos y gritos. El infierno duró menos de veinte minutos.

Finalmente las diez mujeres secuestradas fueron rescatadas y los pocos indígenas sobrevivientes estaban arrodillados en el claro central de la aldea. Entre ellos destacaba uno, el jefe tuerto, quien miraba orgullosamente con su único ojo. Jack al verlo lo reconoció. Manifestó en voz alta “Éste es mío” Lo apartó del grupo y a empellones lo llevó a la orilla del rio. Ahí, lo amarró al madero de los azotes. Respiró profundo antes de hablar.

—Sé que no me recuerdas, pero yo si me acuerdo de ti. Estás más viejo y gordo que años atrás, pero donde sea reconocería esa cicatriz que te hizo mi madre. ¿Recuerdas el botellazo esa noche cuando nos secuestraste, indio hijo de perra? Seguro que sí.
—Te recuerdo; eras el niño que huyó. Creí que te habían comido los lobos del bosque.
—Todos estos años he querido preguntarte ¿por qué nos atacaste? ¿Por qué mataste a gente inocente?
—El hombre blanco no es inocente. Los blancos mienten y traicionan. Llegaron con bonitas palabras y cosas brillantes para confundir a nuestra gente. Invadieron nuestros territorios, cortaron los árboles y contaminaron las aguas, mataron al bisonte que nos daba de comer; nos arrinconaron en tierras malas para que muriéramos de hambre.
—Amarraste a mi madre a un madero como éste y la azotaste hasta cansarte. Yo me escondí en un árbol al otro lado del río; lo vi todo. Así es; vi como ella agonizó tres días antes de morir.
—Tenía que dar un ejemplo; yo era el jefe.
—Eras un hijo de puta y, al fin, llegó el día que tienes que pagar, malnacido.
Jack sacó su revolver colt y lo posó en la frente del asesino de sus padres.
—No te tengo miedo, perro blanco, no suplicaré por mi vida ¡Mátame!

Con el pulgar amartilló el arma, y disparó. El orificio del proyectil de salida por la nuca se proyectó en una nube rosada de gotas de sangre mezcladas con hueso pulverizado y fragmentos de cerebro blanquecino.

Jack Handford sonrió después de mucho tiempo; enfundó su revólver, sacó un caballito de madera de su abrigo largo, se hincó y con cuidado, lo enterró donde estaba el madero de los castigos. El curtido hombre tiernamente susurró:

—Mamita, ya puedes descansar en paz.

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