Amsterdam, París y Londres, por Nora Soto

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Nuestro primer encuentro estuvo lleno de nerviosismo: recuerdo que cuando me enteré que no estabas donde pensé verte, me bajó la desesperación. Entonces, tomé una decisión osada y me aparté del grupo. Tuve que lanzarme por calles y avenidas que no conocía hasta dar contigo. Cuando lo logré, anduve dando vueltas en torno a ti, silenciosa, queriendo pasar inadvertida. Tú ni siquiera lo notaste. Hasta derramé unas lágrimas de emoción pensando que después de esa oportunidad no habría otra.

La segunda vez fue inolvidable. Te encontré casi inesperadamente en otro lugar. No andaba en tu búsqueda. La verdad es que por esos días yo lloraba un amor perdido y, de pronto, al verte, noté el extraordinario parecido: los mismos ojos verdes, el mismo pelo rojizo. Me quedé sentada largo rato en esa habitación enorme. Esta vez fueron lágrimas de pena y añoranza, y creo que lo notaste. Tu mirada verde agua se humedeció aún más cuando sostuvo la mía.

La tercera vez fue como encontrar a un viejo amigo. Ya no hubo lágrimas (el tiempo se encarga de todo) y me paseé a tu alrededor observando el entorno, con despreocupada curiosidad. Me distraje con las personas que se te acercaban, con tus flores, tu mobiliario, tu noche estrellada, tus almendros en flor.

La cuarta vez fui a verte acompañada. No sólo te miré, también hablé de ti. Hace bien hablar de quienes nos importan. Me enteré de mil detalles: tus amigos, tus periplos, tus tormentos, tus extrañas decisiones. Ese encuentro vino a cerrar el círculo y me alejé tranquila. Suficiente, pensé.

Es posible que ya no vuelva a encontrarte, pero no hace falta. Te veré en los trigales, en los girasoles, en los cipreses, en un jarrón con amapolas rojas, en el sol abrazador… o en un autorretrato… con o sin oreja.

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