Cajita de recuerdos, por Patricia Kanacri

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Corriendo con la rabia a flor de piel, Paulina entra a su casa llorando y gritando. Ramiro la sigue y la trata de abrazar sin éxito.

–Amor, no seas tan dura con mi madre. Ella solo trataba de darte un remedio, por si resulta– la frustración se refleja en sus pequeños ojos negros.

Paulina, con los ojos inyectados en sangre y la nariz colorada, lo mira y grita:

–Esto es acoso, tu madre no puede tratarme así. Estoy harta, no quiero saber nada más de tu familia.

Quince años habían pasado desde el matrimonio y aún no podían concebir un hijo. Años de tratamientos inservibles y la presión constante de su suegra, culpándola de su infertilidad. “¡Cómo te fue a elegir mi hijo, si tienes el vientre seco!”. “¡Ay mijita, tú nos saliste fallada!” “Estos son tus nervios”.

Ramiro, un hombre tranquilo, dedica sus días a su trabajo y en sus ratos libres, a su hobby de mecánico. En el taller de su amigo Lucho, arregla el viejo cacharro que tiene por auto, mientras se traban en conversaciones tan eternas  como las mismas reparaciones.

Paulina le confiesa a su única amiga:

–Ya no sé qué hacer.

–Bueno, búscate otro– exclama la amiga riéndose.

Paulina no lo pensó más y ese mismo día se arregló muy bonita y salió.

Dieciocho años han pasado desde el nacimiento de Ramirito. Es un joven alto, de grandes ojos verde pardo. La celebración del cumpleaños es intima: la familia y Lucho, quienes entre risas y brindis celebran al viejo cacharro al cual le deben esta férrea amistad.

–¡Este niño, se parece a los dos! –exclama Ramiro lleno de júbilo–. ¡Cuántas horas en el taller!

En los ojos de Lucho se refleja un orgullo inconmensurable. Paulina mira a ambos hombres con amor,  contenta, sabiendo de su acierto.  El examen de infertilidad de Ramiro yace arrugado al fondo de su cajita de recuerdos.

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