El entierro, por Jorge Fernández

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—Nunca creí en esas historias antiguas. Esas leyendas de campo del sur de Chile, que señalaban de entierros escondidos y que los cuida el diablo. Me refiero a toda esa plata que las personas enterraban hace muchos años atrás, cuando no confiaban en los bancos.

La leyenda señalaba que muchos acostumbraban a enterrar cofres llenos de dinero y joyas, pero a veces sus dueños morían y entonces el diablo se apoderaba de estos tesoros. En contadas ocasiones, el coludo, con el fin de divertirse, elegía alguna víctima para revelarle dónde había un entierro. Este «elegido», recibía señales extrañas, veía candelabros que levitaban y escuchaba voces que lo llamaban por su nombre. Así la persona se enteraba y tomaba la decisión de si iba o no a desenterrar el tesoro. Mi abuelo siempre me contaba esas historias y si bien yo lo escuchaba atento, no terminaba de convencerme…

El periodista había estado escuchando muy atento las palabras de Alex Romero, su entrevistado. Un joven y millonario empresario, que de la noche a la mañana, con veintitrés años, se había hecho conocido por su inmensa fortuna. Aquella historia lo tenía fascinado, pero también un tanto intrigado. Por eso decidió realizar la pregunta que tenía rondando en su cabeza:

—¿Fue así como usted hizo su fortuna?

Alex Romero quedó mirando al periodista y sonrió. Sus recuerdos lo trasladaron dos años atrás. Era verano y se encontraba en el campo. Su abuelo le había mostrado un sector entre los árboles donde jamás crecía pasto. Ese sector era un perfecto círculo. El anciano estaba convencido de que ahí había un entierro. Pero Alex siempre se mantuvo incrédulo.

Una noche de aquel verano, mientras caminaba entre los árboles escuchó que unos susurros lo llamaban. Miró hacia todos lados pero no había nadie. Sin embargo los susurros no pararon. Alex avanzó unos pasos y se encontró con el círculo en el pasto. ¡Los susurros provenían de ese lugar! Recién entonces comenzó a creer que algo extraño ocurría y la curiosidad se alojó en él. Fue a buscar una pala y comenzó a cavar en aquel círculo donde no crecía pasto.

Mientras realizaba aquella faena comenzó a sentir un frío que le congelaba los huesos. Después unos gritos lo hicieron saltar. Al mirar hacia un lado vio a sus padres desmembrados. Quiso huir, pero se contuvo. Desde otro sector un perro con ojos de fuego le ladró. Pero Alex sabía que debía hacer caso omiso de todas aquellas visiones. Su abuelo le había explicado que al intentar sacar un entierro, el diablo jugaba con la mente. Aunque temblaba de miedo siguió cavando, hasta que su pala chocó con algo que parecía madera. Se arrodilló y retiró el resto de tierra con sus manos. Segundos después pudo tocar las manillas de un cofre. ¡No lo podía creer!

La secretaria entró a la oficina de Alex y lo sacó de sus recuerdos. La miró de manera interrogante.

—Señor. Quería avisarle que los inversionistas ya llegaron. Les dije que estaba ocupado. Están esperando.

—Gracias Nataly. —Alex miró su reloj y luego consultó algo en su agenda—. Ofrézcales algo para beber.

La secretaria cerró la puerta tras de sí. El periodista aclaró su garganta y volvió a realizar la pregunta.

—Señor Romero, no ha respondido mi pregunta.

—Tienes razón. Fue exactamente así como hice mi fortuna —sonrió—. Pude sacar un entierro.

El periodista se acomodó en su asiento. Su fascinación era evidente.

—Señor Romero ¿No me está tomando el pelo?

—La verdad es que estoy jugando con usted. Si fuera cierto lo que acabo de revelarle… tendría que matarlo.

Al instante se hizo un silencio sepulcral al interior de la oficina. Incluso pareció detenerse el tiempo. Segundos después Romero estalló en carcajadas.

—¡Sólo juego con usted hombre! —señaló—. Fueron buenas inversiones. Tuve una buena racha. Eso es todo.

—Pero entonces ¿Por qué me contó aquella historia?

De manera inevitable, Alex volvió a recordar ese momento vivido aquel verano. Una vez que había podido tomar la manillas del cofre, sintió una mano fría sobre su hombro. Al voltear a mirar creyó que su corazón se detendría. Se trataba de una sombra. Vestía túnica negra y portaba una guadaña. Levitaba.  Alex estuvo a punto de salir corriendo, pero la sombra le habló:

—Si de verdad deseas este tesoro. Hay tres condiciones que debes cumplir. La primera es que no gastes el dinero antes de un año a contar de hoy. La segunda es que dos personas muy queridas por ti… morirán. La tercera…

La voz del periodista lo trajo al presente.

—Sr. Romero ¿se encuentra bien?

Alex observó unos segundos al periodista, que lo miraba de forma expectante.

—Sí, estoy bien. —Volvió a consultar su reloj—. Lamentablemente tendremos que dejar hasta aquí la entrevista. Me están esperando.

—Lo entiendo ¿podemos continuar otro día?

—Sí por supuesto. Le pediré a Nataly que lo llame para agendar.

—De acuerdo. —El periodista estrechó su mano—. Ah por cierto, aprovecho de darle mis condolencias por lo sucedido a sus padres.

—Gracias.—Alex bajó la mirada—. Fue muy terrible ese accidente en auto. Que tenga un buen día.

Alex vio como el periodista salía de la oficina y un nuevo recuerdo vino a su mente. Aquella sombra le había señalado una última condición: «La tercera, es que no cuentes a nadie de esto y si lo haces tendrás que matarlo o perderás toda tu fortuna. Ahora debes tomar una decisión ¿Te llevarás el cofre?»

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