El mundo es un pañuelo

Patricia Kanacri

La Serena

– Es usted Doña Lorena Spencer? – dijo el oficial de policía parado como una estaca frente a su puerta.
– Sí, soy yo -respondió ella tranquilamente-. Lo estaba esperando.
– Señora, queda usted detenida. Tiene derecho a un abogado.

En la entrada de su casa, Lorena mansamente extendió las manos para que le pusieran las esposas, gritándole a su marido que se encontraba adentro: “¡Pronto vuelvo!”

Ese día amaneció claro y soleado después de la lluvia. Lorena consideró que era buena idea ir a la peluquería por un corte que la rejuveneciera y así, de paso, atraer la atención de su distante marido. En estos momentos, se encontraba sentada en el sillón indicando a la peluquera el estilo que creía que mejor le favorecía.

-Señora Carla – dijo la peluquera a la mujer que estaba a su derecha, en el sillón más próximo a ella-, está usted regia, como siempre. ¡Cuéntenos su receta! -mientras diestramente empieza a recortar el pelo de Lorena.

Carla tendría unos cuarenta y cinco años y no era de una belleza que uno pueda decir excepcional, sino más bien común y corriente. Eso sí que muy bien maquillada, tenía una actitud felina, de movimientos sensuales, con altos tacos y vestido ajustado, que la distinguían del resto.

– No es que tenga una receta, linda. Tú sabes, los hombres más jóvenes que una, hacen lo suyo -decía mientras se reía.
– ¡Pero su marido no es más joven que usted! -exclamó la peluquera.

Con una mirada maliciosa, exclamó:

-¡Claro que no! Pero esa es la gracia de la vida. ¡En la variedad está el gusto! Los amantes siempre te mantienen regia! Jajaja.

Lorena observa a la mujer y escucha atentamente cada una de sus palabras. “¡Regia, la loca. Igual qué descarada!”

– ¿Y cómo se llama el de ahora, señra Carlita? – preguntó la indiscreta peluquera.
– Mmm, se llama Roger -dijo con naturalidad-. No es buen mozo, pero muy varonil, un macho recio que me deja loca, jajaja.

Lorena se envaró en el sillón. ¿Roger? ¿Le dirá así a mi Rogelio? ¿Acaso es ésta la amante de mi marido? Total este nombre no es tan común. La boleta de motel que encontré en su pantalón la tengo bien guardada. Cobarde, no le dije nada. Debería dejarlo. Mmm, se ducha con el celular y está horas en el baño, llega tarde a la casa, pruebas no me faltan ¿Será ella?

Carla continúa:

-Lo único que no me gusta es que es muy pecoso, así que tiene cara de cabro chico. Jajaja, pero ¡es muy rico!
-Jajajja -reía la peluquera y las demás personas del salón, con las anécdotas de la clienta.

Menos Lorena, que no necesita escuchar más. Siente como su sangre empieza a hervir, la rabia que lleva adentro está a punto de explotar, como si un volcán dormido despertara bruscamente. Como un relámpago, da un salto, le arrebata las tijeras a la peluquera y ataca a Carla, enterrándosela repetidamente en el pecho y cuello, matándola en el acto, en medio de sus gritos e insultos.

Frente el estupor de todos los presentes, se estira el vestido celeste salpicado de sangre, se acomoda el pelo, deja unos billetes en la caja y sale del salón rumbo a su casa, caminando muy derecha y tranquila, cual paseo dominical.

– ¿Te gusta el corte? ¿Cómo me veo? -le dice a Rogelio que está viendo un partido de futbol en el living de la casa.

– Sí, bien – contesta él, sin mirarla siquiera.

Ella se dirige al dormitorio y luego vuelve al living parándose frente al televisor.

– ¡Toma acá tienes tu boleta del motel! – tirándosela-. Pero se acabó ¡tu amante está muerta!

Rogelio la mira por primera vez en muchos años y ve el desastre en que está convertida.

-Te volviste loca. Lo que me faltaba.
-¡Sí, eso es precisamente lo que voy a alegar! -dice ella con serenidad.

Luego va al pórtico y se sienta en el único escalón, a esperar.

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