El museo de cera, por Patricia Kanacri

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La emoción me embarga aun ahora que soy grande, cuando recuerdo mi cumpleaños de hace 20 años.

Fue un día de lo más esperado, estaba ansioso,  me llenaba de felicidad y saltaba de alegría, mi mamá me llevaba tomado de la mano. Por fin podíamos salir tranquilos y alejarnos de la angustia de nuestras vidas.

Cumplía 8 años y estábamos entrando a la muestra itinerante del museo de cera que había llegado a la ciudad, nunca había estado en uno y ahora vería a mis héroes de cerca.

Empezamos a recorrer los salones de diferentes temas, la de los escritores famosos, de monstruos, de artistas de cine, cantantes, hasta que llegamos a la más importante para mí, la de los superhéroes.

Mi mamá se veía feliz, por una vez, y disfrutaba conmigo,  posando al lado de las enormes figuras. Mi corazón iba a explotar, corría entre las estatuas de uno a otro lado, ¡estaban todos juntos! era para mí,  un sueño realizado.

–Jorgito, ¿cuál es tu héroe favorito? –me preguntó mi mamá con una sonrisa amorosa

–Thor, con su mazo poderoso –contesté– poniendo la voz ronca, mientras ondeaba un martillo imaginario en el aire.

Ambos reíamos, con mis piruetas entre Batman, Iron Man y los demás. De pronto, se acercó un fotógrafo y nos explicó que la entrada incluía una foto polaroid, con un superhéroe, así es que nos paramos abrazando a Thor, que estaba con su mazo en alto, ¡no le llegábamos ni a la cintura!, fue fantástico. Guardé la foto en el bolsillo de mi camisa, al lado de mi corazón.

Pasamos una tarde mágica, al volver a casa, la fantasía ya se había esfumado y nos encontrábamos de cara a la triste y dura realidad.

–¿Por qué vienen llegando a esta hora?, ¿dónde andaban?,  ¡No estabas para servirme la comida!      –nos acosó de inmediato Ernesto,  la pareja de mi madre. Su aliento y sudor alcohólico llenaban la habitación

–Ernesto, calma  –alcanzó a decir mi madre, cuando,  él en uno de sus ataques de ira de  costumbre, le dio vuelta la cara de una cachetada.

Ella  trató de defenderse con sus manos,

–Ernesto, para, para, es el cumpleaños de Jorgito, lo llevé a… –balbuceaba entre sollozos.

Me escondí tras el sillón, mientras el tío le seguía gritando e insultando. Luego,  enojado,  agarró su parca y salió de la casa.

Recuerdo mi inocencia al refugiarme tras el sentimiento de felicidad que me producía el mirar la foto de Thor, y me preguntaba

-¿Por qué lo aguanta? yo tenía miedo, pero más miedo le tenía a él.

Esa noche, me acosté con mi foto y mi mamá durmió conmigo, los dos muy acurrucados. Ella solo me tenía a mí, pero con mis cortos años no podía hacer mucho, excepto hacerle cariño en su carita, y decirle que ya pasaría todo, mientras ella lloraba ¡Como desearía que mi mamá no sufriera más!

El día siguiente, era domingo y sería el último de la muestra itinerante, pero la debieron cerrar antes, ya que una de las figuras de cera no estaba en su lugar.

Era Thor, que apareció extrañamente en la galería de enfrente y su martillo de metal,  ya no estaba en el aire, sino,  colgado en su cintura y extrañamente manchado.  Nadie pudo explicar lo sucedido.

Pasaron las horas y del tío Ernesto, ni luces. Muchas veces se quedaba botado inconsciente en algún bar de mala muerte, por eso no nos extrañaba y con mi mamá aprovechábamos esos momentos de paz.  Sin embargo, esa tarde, llegaron unos policías a la casa, preguntando por ella.

Lo habían encontrado en un sitio desocupado, a varias cuadras de la casa. El tío Ernesto estaba  muerto.

Nadie supo de qué se murió, era algo que no pudieron determinar, tenía un hueco en el pecho, con las orillas chamuscadas y negruzcas, como si lo hubiera atravesado un rayo y  su cabeza estaba desprendida,  a varios metros de su cuerpo y parte de ella, aplastada.

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