El nudo, por Luis López

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Roque era famoso por su habilidad. Nadie en el grupo de guerrilleros sabía hacer tanta variedad de nudos. Cuando era niño, su padre le había enseñado a hacer nudos a él, a su hermano gemelo y a su hermana. Ahora Pablo, el comandante, le había encargado uno de esos “nudos especiales” para un prisionero que traerían durante el día.

El uniformado, maniatado y custodiado por dos fusileros enmascarados, respiraba con dificultad. El calor y el aire le habían secado la garganta. Le dieron agua. Tenían que llegar con él vivo, como exigió Pablo, pues tenía que entregar información. Después… lo de siempre. Los tres jinetes reanudaron viaje esquivando las ramas que arañaban sus rostros en la espesura del monte. Habían partido desde el llano hace dos días y sólo les faltaba media jornada para llegar al campamento.

Roque había comenzado su tarea en la rueda de mate del día anterior, porque no solo hacía los nudos, sino que además había aprendido a machacar el agave para lograr su fibra y con ella tejer las sogas necesarias; a veces para hacer riendas para los caballos que robaban o compraban a los serranos; otras veces, las menos, para hacer el lazo de una horca como el encargo hecho por Pablo. “Un nudo para cada ocasión”, solía decir.

La noche anterior los jinetes descansaron a la intemperie. El prisionero no supo si durmió. Acostado, bajo la mirada celosa del centinela, se concentró en los millones de estrellas que afloran en la oscuridad de los montes. “Cada estrella es un sol como el nuestro” le habían enseñado en la escuela. También le habían dicho que “el espacio era infinito” y eso lo atormentaba al tratar de imaginárselo. Pensó en su destino y supo que tras su muerte, vendría la nada, que también era eterna. “Nunca pero que nunca más”, razonó con pesar, y eso lo atormentó aún más.

Una vez tejida la soga, Roque empezó a hacer el nudo del lazo con una lentitud exasperante. Paciente, parsimonioso, riguroso y disciplinado, movía sus dedos con maestría. Jamás le falló un nudo. Sabe que si falla uno o se corta la cuerda y no muere el condenado, se le deberá perdonar la vida; es la ley de la serranía.

— ¡Se acercan! —Alertó el vigía al verlos asomarse a lo lejos, y continuó — ¡sí, son ellos!

—Ponerse las capuchas y preparar los fusiles —ordenó Pablo. De inmediato, Roque instaló la horca “a firme” en un roble y esperó alejado del resto.

Se acercaron los jinetes. Al prisionero, maltratado por el sueño, el hambre y el calor, era difícil distinguirle el rostro. Roque los vio de lejos y tuvo un mal presentimiento que le enfrió el sudor y discretamente se tendió en el follaje rogando que no fuera cierta su sospecha.

Una vez interrogado el prisionero, fue montado en el caballo y llevado bajo el árbol donde colgaba el lazo. Roque se acercó lentamente como si fuera a él a quien iban a ajusticiar. Sabía que no debía mirar jamás a la víctima a los ojos en el momento del ajusticiamiento, pues podía desanimarle a realizar la ejecución. Lo sabía muy bien. Sin embargo, mientras acomodaba el lazo, por única vez no respetó la regla. Desafortunada decisión, “la veleidosa providencia juega pasadas injustas e inexplicables”. Sendas lágrimas rodaron de los ojos de Roque cuando vio en aquel rostro deteriorado, su propio rostro.

Cerró los ojos, golpeó el anca del caballo y, como en ocasiones anteriores, el nudo no falló.

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