El picaflor, por Patricio Gálvez

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El niño miraba distraídamente a través de los pequeños vidrios de la galería. En el pequeño patio el viento movía con fuerza la ropa que colgaba de los cordeles. No podía salir, no entendía muy bien por qué.

-Afuera hace frío- decía su mamá desde la cocina, pero él no lo sentía.

De pronto sintió un golpeteo. Rápidamente sus ojos se fijaron en el pajarito que lo producía. Sus rápidas alas golpeaban repetidamente y se alejaba un poco. Un instante después volvió el
golpeteo. Era como si quisiera entrar.

– Mamá -gritó-. ¡El pajarito quiere entrar!

Desde la cocina nadie respondió. En su mente inocente aparecieron varios pensamientos:
¡Quiere entrar! ¡El viento lo empuja! ¿Dónde estará su mamá?

Miró hacia la puerta y en un impulso irresistible corrió hacia el patio y se acercó donde estaba el colibrí. Ahora podía sentir el fuerte viento en su cara. No tenía frío. La emoción de tenerlo tan cerca aplacaba sus otros sentidos. El pajarito seguía golpeando contra el vidrio en un afán infinito por entrar. Estiró sus pequeñas manos para tratar de alcanzarlo, pero era imposible.

– ¿Qué te pasa? ¿Quieres entrar? – le preguntó sin tener respuesta, mientras el viento soplaba con más fuerza.

Cómo alcanzarlo, pensaba el niño. Si pudiera tomarlo, podría ayudarlo, pero estaba muy alto para él. El picaflor seguía pegado a los vidrios y golpeteando sin cesar. El viento arreciaba ahora de manera constante y se metía por sus ropas.

Escuchó la voz de su mamá desde la cocina.

– Benjamín, ¿dónde estás?

Era ahora o nunca. Su mamá vendría por el y no podría ayudar al pajarito.

En su desesperación abrió los brazos y los agitó muy fuerte. Entonces sintió cómo el viento lo
levantaba y llegaba frente al colibrí. Extendió sus manos hacia él y escuchó:

– La voluntad te hace volar, no lo olvides.

Y el colibrí emprendió el vuelo en contra del viento hacia el infinito

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