El Presimiente, por Ramiro Oliveros

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Cuando llegué al departamento, donde vivo con mi hermano menor, el tema ya era noticia mundial.  Había aparecido en cada canal de televisión, como breaking news, en cada posteo de Facebook, en cada tweet, en cada corazoncito clickeado en Instagram.  Todo el mundo ya lo sabía y si bien algunos se lo tomaron con curiosidad y asombro, no fueron pocos los que se aterraron.

Su gobierno desde un inicio había sido un espectáculo de mal gusto, un circo pobre que ocultaba su ineficiencia detrás de nimiedades barnizadas con los tres adjetivos calificativos de rigor, tan bien estudiados, que el presidente daba a lo sea que estuviera refiriéndose, pensando que aquello le daría un aura de sabiduría, o simpatía, como los abrazos de mímica, los saludos con la punta de los zapatos o tanta cosa lúdica y kawaii post pandémica que lo hacían, según él, parecer cercano, transparente, genuino.

Había tratado de apurarme en llegar, fue de improviso que nos mandaran a todos a casa sin mayor explicación ni aviso, el metro estaba lleno, la gente histérica y si bien en un comienzo no entendía que pasaba no quería que Francisco, el Pancho mi hermano, estuviera mucho rato solo en el departamento. En las marchas y manifestaciones del último estallido se alteró mucho y costó demasiado que entendiera que nada malo le pasaría estando en casa, le fue difícil comprender que la gente marchaba por demandas justas.

Su pulpito reversible gris de peluche estuvo varios días en su versión rostro enojado triste.

A Francisco, Pancho como sólo a mí me deja decirle, el Trastorno del Espectro Autista se le manifestó cerca de los dos años, cuando paulatinamente en vez de ir ampliando su vocabulario lo fue perdiendo, dejó de manifestar alegría al ver a mamá o papá, o demostrar interés por las cosas que estuvieran a su alcance.  De a poco se fue encerrando en una burbuja con sus hojas de papel y lápices y uno que otro juguete con los cuales pasaba el día, dibujando, jugando, ensimismado en su propio mundo. Yo viví el proceso ya entrando en la adultez, como hermano e hijo mayor me tocó, de cierta forma, ser el temple de mis padres.  Al poco tiempo la relación de los viejos se desgastó y se marchitó, papá aceptó un trabajo en el norte y allá se erradicó, hasta hace dos años vivía en Antofagasta, imagino que sigue allá. Mamá, sin embargo, no pudo, la depresión la consumió y en la segunda oleada de confinamientos una neumonía la encontró débil y el virus hizo el resto.  Fue así como con veintidós años me hice cargo de mi hermano menor de seis. Me dediqué desde ese entonces a él y al tratamiento de su condición, yo no podía claudicar, y los avances fueron increíbles, de eso ya han pasado diez años y juntos hemos recorrido un camino pedregoso a ratos y asfaltado en otros, difícil pero enriquecedor, desgastante, la mayoría de las veces. Francisco es, dentro de las condiciones que conlleva una persona con su transtorno, un adolescente normal.

Al entrar al departamento de inmediato noté que algo estaba distinto.  El pulpito reversible gris de peluche de Pancho estaba en su versión rostro feliz en medio de la mesa, el televisor apagado y en el sofá Pancho con una Coca Cola en la mano y el mejor de los ánimos.

Pancho, sin siquiera saludarme se dirigió a la cocina, abrió el refrigerador y sacó una lata de cerveza que me lanzó por los aires.

La atrapé y la abrí, me la tomé al seco.

-¿Cómo estás Pancho, cómo estuvo el día? – pregunté a modo de saludo.

-Bien, no sabes lo que pasó, ¿lo viste? – me preguntó con una cara de sorpresiva alegría, mientras se sentaba nuevamente con parsimonia en el sofá de cuero resquebrajado.

-Me enteré, pero no he visto nada, ¿qué fue lo tan terrible que la gente anda como loca en las calles? – pregunté mientras iba por otra cerveza.

-……..

-¿Y tú donde lo viste, Pancho? – le pregunté a mi hermano tomando un sorbo de la lata e intentando recuperar su atención.

-Ahí, – respondió Pancho indicando con su dedo índice derecho el televisor apagado anclado a la pared –¿crees que haya más …?

-¿Más de qué?

-………

Pancho está intranquilo, aunque es una intranquilidad nueva, es como una mezcla entre ansiedad y novedad, no recuerdo haberlo visto así antes, se paró como recordando algo que traía alegría a su mente y fue al refrigerador, otra vez, ahora sacó dos cervezas. Me lanzó una lata sin avisar.  Abrió la otra y comenzó a beberla, no le dije nada, al parecer había cosas de mi hermano menor que ya había comenzado a hacer y yo no sabía.

Afuera las manifestaciones comenzaban cada minuto a sentirse más cercanas, la gente gritaba exigiendo una verdad que aún yo no estaba ni cerca de imaginar.

-Los pacos no saben qué hacer – dijo Pancho mirando por la terraza hacia la avenida – deben tener miedo.

Prendí el televisor. Los canales transmitían el Correcaminos y otros viejos cartoons.  Tampoco había internet, las redes sociales no cargaban.

-En Internet no hay nada – comenté, pero no tuve respuesta.

Tiré el celular al sillón y me acerqué a la terraza, Pancho miraba con atención a cada manifestante, oía cada grito, cada exigencia gritada al viento con especial concentración.  En las terrazas vecinas se oían llantos y discusiones, a lo lejos un par de disparos mimetizados en los fuegos artificiales que tímidamente aparecían en medio del atardecer.

Pancho entró y tomó mi celular – ya volverán las redes sociales – dijo y volvió a dejarlo en el mismo lugar.

-Pancho, mírame, dime, ¿Qué fue lo que viste?, ¿Qué fue lo que transmitió la tele? – le pregunté tomándolo de los hombros, pero se soltó dando un paso hacia atrás.

Tomó a su pulpo reversible gris de peluche y se fue a su dormitorio. Al rato volvió con un pequeño artefacto en sus manos.

-Toma – me dijo pasándome su pendrive con forma de Darth Vader – la cabeza es la que debes conectar al notebook – agregó mientras miraba al pequeño Lord Sith almacenador de datos depositado en mi mano.

-¿Qué es esto Pancho?

-Lo grabé, sabía que algo así lo borrarían de todas partes – me contestó esbozando una sonrisa mientras abrazaba a su pulpo de peluche.

Busqué mi notebook, lo encendí y conecté la cabeza de Vader al puerto USB, reconoció la unidad, seleccioné el archivo y puse play.

Era un discurso típico del presidente.  Con su sonrisa falsa esquivaba las preguntas de los periodistas y respondía con frases aprendidas vacías de contenido.

Si bien sus espasmos, contorsiones, estiramientos de huesos y tics varios tenían acostumbrados a todo el mundo, y habían sido por años motivos de burlas y chistes multiplicados hasta el cansancio en las redes sociales, nadie podía presagiar lo que sucedería ese día lunes a la hora de almuerzo.

Comenzó con un acomodo del cuello de la camisa, un movimiento de hombros ascendente y descendente para proseguir con su retórica, un periodista insistente le reiteró una pregunta incisiva y entonces le vino una especie de reflujo que contuvo con un pañuelo que sacó de su bolsillo, continuó como si nada hablando del bienestar del país apoyando su cabeza en su hombro izquierdo, más periodistas se sumaron al anterior exigiéndole que respondiera con claridad y no con evasivas, se soltó un poco el nudo de la corbata y ante el griterío colectivo que exigía respuestas miró al cielo y una especie de estornudo violento escapó de su nariz y boca, la mucosidad azulada oscura que escupió manchó a los reporteros situados más próximos al estrado, otro poco escurrió por los brazos que sujetaban los micrófonos, pidió perdón y con torpeza sacó nuevamente el pañuelo de su bolsillo para limpiar la comisura de sus labios, alguien le preguntó si estaba bien y el presidente contestó – sí -, tomó un vaso de agua y miró con aire satisfecho a los periodistas y con algo de altanería como esperando la próxima pregunta, irguiéndose lo mejor que pudo. Los flashes iban y venían y personajes de trajes oscuros aparecían en las proximidades hablando en secreto a través de pequeños artilugios en las colleras que sujetaban los puños de sus camisas, el vocero de gobierno y el ministro del interior se alejaron de él. Fue entonces cuando ocurrió. En medio de sus palabras su tono de voz se puso grave y soltó un chillido estremecedor que calló a la multitud.  ¿Presidente está usted bien? – se escuchó desde varios rincones. La respuesta fue un sonido similar al de una tela al rajarse.  Ropas y carnes del presidente se abrieron por los costados de su abdomen y de él surgieron extensos tentáculos que terminaban en pegajosas ventosas, su pecho explotó dejando a la vista otro par de apéndices más musculosos y de menor tamaño que hacían las veces de brazos.  Lo que era su rostro humano cayó hacia atrás como una triste mascara de hule, su verdadero cráneo era el de un cefalópodo antropomorfo que, avergonzado huyó buscando esconderse tras los hombres de trajes oscuros que lo resguardaban, dejando una viscosa huella oscura tras de él.

El video termina con gritos y palabras ininteligibles y un caos total, nadie sabía que era lo que acababa de ocurrir frente a sus ojos.

-¿Lo viste? – me preguntó Pancho, tomando una botella de agua y una mascarilla dirigiéndose a la puerta, llevaba su pulpo reversible gris de peluche amarrado a su pecho, iba en su versión rostro alegre.

-Sí – respondí sin tener claro que era lo que acababa de ver.

-¡Al pobre le quedaba chico el traje de humano, por fin es libre! – me dice Pancho estirando sus brazos cuan largos son – ¡vamos a la calle hermano, hay que celebrar!

-¿Qué vas a celebrar Pancho, viste lo mismo que yo?, ¡nuestro presidente es un..!

-¿Un qué, un pulpo?, ¿acaso dice la constitución que el presidente no lo puede ser?, que yo sepa sólo pide que sea ciudadano y éste, pulpo y todo, lo es.

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