Relato Breve «El puente de Ibagué», Eduardo Jara. (Taller On Line Creación Narrativa)

El puente de Ibagué

Eduardo Jara

Arica (Chile)

Relatos Taller Creación Narrativa

Jessi, llegaste de madrugada hasta el puente de Ibagué, hiciste parar al taxista y bajaste con tu hijo somnoliento. Lo ataste a tu cuerpo con una correa y una cobija. Tu hijo Nicolás no entendía lo que sucedía, ni siquiera cuando se sentaron en la baranda con los pies hacia el precipicio de casi cien metros. Miraban hacia el río que corre furiosamente abajo; lo cubría la bruma matinal; sólo escuchaban el tronar del torrente allá abajo.

Al poco rato, se les acercó el vigilante de la obra, quien te preguntó si estabas bien y con tu mirada perdida le respondiste con un simple y triste “No”. Él se percató de lo que pasaba y llamó a la policía.

Antes que llegara la ayuda, pudieron ver el amanecer como una cascada de colores sobre las nubes y floresta del lugar. Ves todo ese espectáculo de belleza natural con cierta indiferencia. No escuchabas los pájaros que despertaban hambrientos, sino sólo frases dentro de tu cabeza, que te acosan desde hace tiempo: “todas las puertas cerradas… no hay esperanza… sólo hay un camino”.

Por culpa de esas voces, tampoco escuchaste a tu hijo que te preguntaba que estaban haciendo aquí; seguías mirando la bruma allá abajo.

Ahora llegan policías, bomberos y una ambulancia. Aseguran un perímetro; tú los miras con disgusto y algo de desprecio. Cuando comienzan a acercarse para ayudarte, traspasas completamente la baranda con el cuerpo amarrado de tu niño. Te afirmas con los pies y manos desde el borde del puente. Adviertes a los rescatistas que si se acercan más, te lanzarás al vacío. Ellos te obedecen.

Tratan de disuadirte con argumentos de que la vida es preciosa; que vale la pena vivirla; que no importan los problemas; que todo se supera; que, por favor, no hagas nada impulsivo. Tú no les crees; sólo repiten un guión predefinido en algún manual. ¿Qué saben ellos de tus sufrimientos económicos y sentimentales? ¿Qué saben de la tortura de tener que volver a vivir como pobre? ¿Qué saben ellos del desgarro de tener que vender tu amada moto Suzuki para alimentar a tu hijo?

Les respondes que no te insistan, que esta decisión no la tomaste ni hoy ni ayer, sino hace quince días.

Un socorrista te suplica que le entregues al niño, que es un inocente y que él lo va a adoptar y cuidar. Lo desarmas con tu escepticismo, le contestas que él solo te dice eso ahora solo para convencerte.

Estás tan perturbada que no escuchas a tu hijo, que mientras acaricia tu cara, te dice que no lo hagas, por favor; que no se quiere morir; que les des la mano a los policías que te quieren ayudar. Pero no lo escuchas.

Una psicóloga apela a tus sentimientos de madre; que tienes que luchar por tu hijo; que lo escuches; que no te lo lleves contigo; que tú tienes una fuerza interior, que tú eres valiente, tú eres valiosa y vas a saber revertir los malos tiempos; que vas a salir de ésta, Jessi… La psicóloga te mira a los ojos, te das cuenta que ella sí cree en ti. Estás a punto de tomar su mano, cuando  llegan tres personas que no esperabas volver a ver. Llegan tu madre, el pastor de tu iglesia y una amiga.

Tu madre te mira preocupada y te interpela “Jessi, ¿pero qué locura  estás haciendo?”. Una vez más sientes su reproche por tus malas decisiones. Siempre has creído que te juzga, ¡que todos te juzgan en vez de ponerse en tu lugar! Sueltas contra ellos tu dolor reprimido, acusas a tu madre de su incapacidad económica para ayudarte a salir de la crisis; al pastor le enrostras que no te tendió la mano cuando acudiste a él; pero a tu amiga no le dices nada; ella siempre te apoyó. Bajas la mirada avergonzada y guardas silencio.

“Pásame a Nicolás; yo lo cuidaré. Mi nieto es inocente”. Le respondes que si lo dejas solo, va a sufrir más que tú misma “Tú no tienes cómo cuidarlo; cómo darle la vida que merece”.

En voz baja y tímida dices “perdónenme”. Acto seguido, como una niña hedonista, sueltas la varilla de acero del cual te sostienes con tu niño y con las alas negras de la depresión, vuelas con tu hijo hacia la muerte.

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