El Seductor

Patricio Gálvez

Las Cascadas, Los Lagos

Mientras esperaba el próximo tren de regreso a su casa, miraba incómodo la gran cantidad de gente a su alrededor. Hacía calor y el aire se tornaba irrespirable por momentos. En su cintura colgaba un banano elegante, que hacia juego con su vestimenta de marca. A sus 40 años el hombre era un seductor. Antes de subir guardó su teléfono de alta gama, como antes había hecho con sus lentes de marca. Hacía mucho tiempo que había descubierto la infinita utilidad de esos utensilios y entendido, a través de ellos, por qué las mujeres usaban cartera. Por entre los vidrios vio su sonrisa entre inocente y sensual. Sus ojos almendrados lo miraban fijamente como invitándolo a acercarse. Se abrió la puerta del coche y bajaron algunas personas.

Rápidamente fue empujado dentro del vagón y se encontró frente a la muchacha, tan cerca que casi podía sentir sus senos un poco mas abajo de su pecho. Ella le sonreía, eso era claro. Trato de acercarse un par de centímetros cuando sintió algo duro en su estómago. Cuando bajo la vista vio que ella había puesto distancia entre ellos. Parecía una agenda y estaba estratégicamente ubicada para mantener una distancia prudente. Con esa cara y ese cuerpo, pensó, esto le debe pasar todos los días. Sintió que las puertas del coche se cerraban a su espalda y el tren inicio su marcha. El remezón inicial movió a los pasajeros y lo impulsó hacia ella, pero la libreta impedía cualquier acercamiento. Ella lo miraba un poco hacia arriba y le sonreía. Pensó como poder entablar una conversación mientras trataba de mantener el equilibrio y sentía como la libreta apretaba su estómago. A su derecha un niño de unos catorce años no le permitía moverse, era menudo y parecía condenado a morir aplastado por la multitud. A su izquierda un hombre viejo lo observaba con cara de reproche. Definitivamente no podía moverse, aunque tampoco tenía mucha intención de hacerlo, esa sonrisa y ese cuerpo lo tenían cautivado. Sintió como el tren desaceleraba y el muchacho se movía para tratar de salir en la próxima estación. Lo vio girar sobre sus pies sin moverse de su sitio. Ella lo miró con sus ojos sensuales y le preguntó, con una voz dulce y su sonrisa:

– ¿Baja?

Fue como despertar de un sueño, supo que no había nada que hacer, pensó en bajar con ella y hablarle, pero ya era tarde. El tren llego a la siguiente estación y se detuvo. Sintió como se descomprimía su estómago y los senos de ella se apretaban contra el, casi intencionalmente.

– Permiso- dijo.

Se bajó del carro casi junto al muchacho, volteó para mirarlo y le dedicó una sonrisa, las puertas se cerraron y entonces sintió algo extraño, miro hacia abajo y vio que su banano estaba abierto y vacío.

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