El sótano, por Luis López

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El niño se despertó a media noche y llamó llorando a su madre que dormía en el segundo piso. ¡Tengo miedo! ¿Puedo subir y acostarme con ustedes? ¿De qué tienes miedo? Ya tienes ocho años. Te dejaré encendida la luz  y no vuelvas a llamar.

El pequeño vivía junto a sus padres en una casa enorme, con un amplio y frondoso jardín, ubicada en el sector precordillerano del barrio alto. Tenía un sótano que le entraba apenas un hilo de luz por una ventanita y que no era usado en años.  Hacía mucho tiempo que nadie entraba allí.

Su padre, hombre de las finanzas, era estricto, lacónico y un tanto duro, que le llevaba varios años por delante a su esposa y que tenía dos hijos con su exesposa, a los que no veía hacía mucho tiempo. La madre era una dueña de casa como cualquiera, que a riesgo de quedarse sola se había enrollado con este hombre que, aunque sentía cariño por él, le inspiraba cierto temor.

Ya muy tarde, el niño volvió a despertarse asustado y llorando. La madre bajó nuevamente. El niño, sollozando, le aseguró que había sentido ruidos extraños en el sótano y creía que podía haber alguien allí. Ella le explicó que ahí no ha entrado nadie en años y que además está con candado. ¡Pero yo escucho ruidos extraños! Ahora quédate dormido y no hagas ni tal con despertarnos nuevamente que tu padre se debe levantar temprano mañana.

En la madrugada, se repitió la escena. Esta vez se levantó el padre. Bajó al primer piso y cogió al niño de un brazo. Abrió la puerta del sótano, lo empujó  y cerró la puerta. El niño siguió llorando mientras el padre subía. La mujer angustiada le preguntó si estaba loco. El hombre le dijo que se quedara tranquila y que ya se le quitaría el llanto. Y así fue, al poco rato el niño dejó de llorar.

La radio reloj se encendió a las cinco y media con las noticias. La mujer fue a la cocina para servir el desayuno. Mientras el hombre se duchaba, ella, con mucho temor, aprovechó para dirigirse al sótano. No tenía las llaves. Subió nerviosa al dormitorio. Hurgó por toda la pieza. Perdió tiempo y no las encontró. Fue al baño, entró muy cautelosa y… ¡ahí estaban! en la bata de su marido. Cuando la mujer llegó a la puerta del sótano, su marido salió del baño y entró al dormitorio. Mientras se vestía escuchó al lector de noticias que informaba acerca del avistamiento, durante la noche anterior, de un puma que merodeaba las casas del sector precordillerano… No pudo escuchar lo que dijo a continuación, pues lo distrajo un grito de espanto que salió desde el sótano.

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