El tío Jaime, por Patricia Kanacri.

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Parada en la puerta del baño, me volví a mirarlo. Ahí yacía inerte en la tina de hidromasaje, que ya había dejado de burbujear, con su panza flácida y una expresión azulada de terror.

Mi madre lo había conocido ya hacía cuatro años, durante unas vacaciones. Ella en cuanto lo vio en el club social, quedó embelesada. Era como una adolescente enamorada, con esa expresión tan embobada en su cara.

Yo por esa época tenía once años y él era un hombre cuarentón, entrecano, que se hacía el interesante. Un adonis, decía mi mamá. Fue amor a primera vista, según ellos.

-Amorcito, él es el tío Jaime. De ahora en adelante vamos a vivir los tres juntos como una familia  –me dijo mi mamá tiernamente, mientras él me hacía entrega de un regalo.

Ahí es cuando empezaron mis problemas. Al año, él empezó a ir a mi habitación y se recostaba a mi lado para hacerme cariño. Según él, yo necesitaba cariño de padre.  Yo me hacía la dormida y me quedaba tiesa como un palo.

Se lo conté a mi mamá, pero ¡oh, sorpresa! ella se enojó y me increpó.

– ¿¡Cómo puedes pensar algo malo de él, no estás viendo todo lo que nos ha dado!? Él es incapaz de hacerte daño, ¿acaso no ves que te quiere como a su propia hija?

Mi madre nunca me escuchó, estaba tan cegada. Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver y por supuesto los abusos aumentaron desde toqueteos a franca violación, bajo la ceguera de mi ingenua madre.

– Somos una familia feliz, hija -solía decirme -no nos falta nada.

La verdad es que nunca nos ha faltado algo, excepto mi padre que murió en un accidente cuando yo era pequeña. Pero teníamos un buen pasar. Ahora con Jaime, las comodidades habían aumentado, a cambio de la paz.

Jaime vivía de las rentas y mi madre trabajaba en una oficina contable, de lunes a sábado. Ese último día era el más temido por mí: no había colegio y quedábamos los dos solos en la casa.

– Mira Adele, tú sabes que si no haces lo que te digo, tu madre pagará las consecuencias –decía con una expresión dominante en su cara que me aterraba. Yo sabía perfectamente en qué se traducían sus palabras. Los golpes a mi madre se hacían cada vez más frecuentes. Pero ella siempre estaba justificando su actuar,  decía que así era el amor.

Ese sábado, mi madre había salido a trabajar y el tío me fue a buscar a la habitación.

– Ven, vamos a darnos un baño de tina –me ordenó, tirando de las mantas.

La tina era enorme con doble compartimiento y el agua con sales burbujeaba en la máxima potencia. Allí estaba metido él, con su lujuriosa cara, sonriéndome lascivo ¡qué repugnante!

– Ven, ven –me decía chapoteando su mano en la espuma.

Lo miré asqueada, a sabiendas de que tenía que acatar. Sabía que él me estaba observando y me recorría con su sucia mirada, así es que me empecé a sacar la camisola. Al dejarla sobre el taburete, a los pies de la tina,  lo vi. En ese preciso momento supe lo que debía hacer.

Era el secador de pelo que mi madre había dejado enchufado a la corriente eléctrica. Me di vuelta para calcular si el cable alcanzaba. Él debe haber pensado que yo estaba haciéndole una especie de baile,  ya que me animó a dar más vueltas. Así dando vueltas, lo tomé y lo encendí, como en un juego erótico, solo que era mortal. De pronto, en un rápido movimiento, lo lancé encendido a la tina.

No olvidaré su expresión de terror, en esa fracción de segundo en que adivinó mis intenciones y luego los gritos y manoteos en el aire, salpicando agua por todas partes. De pronto, silencio.

Tomé mi camisola y salí del baño, más tarde le diría a la policía que solo escuché un grito aterrador y que por eso los llamé.

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