Entre los olivos, por Abelardo León

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Las entradas para la ópera rock se agotaron a las pocas horas de ponerlas a la venta. Sería una Semana Santa formidable en la avenida de los espectáculos luego de tres años de cierre total en la Gran Ciudad. Los obreros reemplazaron el viejo telón y restauraron las butacas del teatro; los técnicos sincronizaron las luces con el sonido de forma impecable; los actores repasaron sus estribillos junto a los músicos; los iluminadores recorrieron cada paso que daría la veintena de personajes sobre el escenario; los críticos y la prensa especializada asistirían con entusiasmo a la reposición de la obra y su director daba entrevistas para los medios promocionando el show.

Aquel día del ensayo (quizá arrastrado por la concupiscencia), el tramoyista que debía asegurar las luces se acercó a la joven actriz de caderas voluptuosas que interpretaba a María Magdalena y le dijo: “es que si pasa un día más sin verte creo que me volveré loco”. Aprovechándose de un descanso los amantes escalaron hasta el puente de luces, se besaron apasionadamente, el joven introdujo su mano bajo la blusa de la chica, ella le respondió el gesto amasando su cabellera viril y ahí mismo hicieron el amor.

El vaivén descuidado de los cuerpos hizo que un pesado foco se desprendiera desde lo alto dando justo sobre la cabeza del actor principal, dejándolo inconsciente en el piso mientras el resto del elenco acudió a asistirlo. “¡Llamen una ambulancia!”, gritó desesperadamente un actor que interpretaba a un soldado romano y que solía ser muy sensible a la sangre. Tras interminables minutos de espera dos paramédicos vestidos de azul llevaron una camilla hasta el centro del plató. “¡A la cuenta de uno, dos, tres!”, subieron al hombre de barba frondosa a la ambulancia que se abrió paso en medio del tráfico rumbo al hospital.

Lo descendieron. Inmóvil desde su camilla oía a los paramédicos dando instrucciones: “deposítenlo con cuidado. Sí, así va bien. ¿Se siente bien señor?” En medio de la somnolencia respondió con dificultad que sí. Hubiera querido decir más, que se sentía bien a pesar del golpe, pero la modorra fue más fuerte… Prefirió entonces refugiarse en aquel sueño, en donde decenas de manos le sostenían las espaldas y lo zambullían en las orillas de un río arrullado por salmos hermosos.

Basta ya de angustias.

Deja los problemas.

Olvida las penas.

Yo sé que nada va a pasar.

Todo estará en paz.[i]

Aliviado por el grácil vaivén de las palmas se dejó zambullir en la corriente fresca del agua hasta tapar su rostro completamente. Cuidadosas manos lo introdujeron en la máquina de rayos. “Los resultados estarán en pocos minutos”, oyó decir a un enfermero desde la lejanía.

—¿Sabe qué día es hoy?”

—Miércoles — respondió.

¡Sí! Sin duda era miércoles, ya que tan solo el día anterior había pedido a su casero unas semanas de prórroga para pagar el alquiler. La situación estaba difícil en el gremio de artistas.

—¿Y de qué año?

—Del 33— respondió convencido.

Para el alivio de los productores y de toda la compañía teatral, el hombre no presentaba ninguna fractura, solo un rasguño que fue suturado diligentemente por una joven enfermera. “Usted corrió con suerte y se recuperará al cabo de unos días de reposo”, le señaló el doctor que le dio el alta revestido con una blanca y angelical bata. Ya de regreso a las tablas, el actor constató que el golpe no afectó ninguna línea de su parlamento. Es más, su calidad interpretativa mejoró notablemente al punto que los productores de la obra, al ser entrevistados en una radio local, calificaron el accidente como una “bendición disfrazada”. El hombre, al enterarse de las desafortunadas declaraciones, montó en cólera y durante un ensayo destrozó la taquilla, acusando a los productores de profanadores, de haber transformado aquel templo del arte en una cueva de ladrones. Era como si las palabras brotaran de su diafragma con una espontaneidad indómita y su conciencia persiguiera terca un hondo sentimiento plateado de justicia. “¡Así, así está bien! Quiero ese mismo histrionismo sobre las tablas, amigo, ¡lo estás haciendo excelente!”, exclamó el director mientras lo besuqueaba con entusiasmo en medio del desastre de vidrios y sillas rotas. El casting había sido extenuante y las expectativas para reponer los teatros en la Gran Ciudad eran altas. El mundo debía ponerse en marcha luego de la peste, por lo que nadie pensó siquiera en cambiar al actor, ni mucho menos postergar la fecha del estreno de la obra a causa de su arrebato.

Aquella noche, al retornar a su hogar hambriento y cansado, nuestro protagonista se detuvo frente a una tienda de comida rápida, pidió una hamburguesa doble con papas fritas y una gaseosa. “Sí, todo para llevar”, dijo. Al pasar por el estrecho callejón se encontró con un mendigo. “Amigo, ¿no tiene algo para saciar el hambre? No he comido en días”, le rogó el pordiosero. Nuevamente ese sentimiento extraño brotó de su interior como una voz, como un impulso dadivoso que lo conducía a desprenderse de todo. Metió su mano derecha en el saco de papel, sintió la hamburguesa caliente, palpitando blanda y jugosa como un corazón de carne y pan, y se la entregó al famélico. Del fondo del callejón surgió otra silueta patizamba que se acercó suplicante. Como un ilusionista, el joven actor improvisó de la nada una segunda hamburguesa de su bolsa, y luego sacó una tercera, y una cuarta, como si todas emergieran desde los misterios de un milagro. Lo mismo sucedió con la gaseosa que se multiplicó por litros. Al cabo de una hora, el oscuro pasillo se llenó de hambrientos desdentados y sonrientes que se pasaron la voz como gatos maullando alegres en torno a una libra de carne. Ahora sacaba un sándwich de pollo, ahora una lata de cerveza aún más helada desde el interior de su bolsa de papel, lo que alcanzó para alimentar a todos los pordioseros de la ciudad en una alegre y compasiva fiesta.

El día del estreno la gente esperaba con ansiedad el comienzo del espectáculo. El primer acto se desarrolló de forma extraordinaria. El público aplaudió fervoroso.  El entusiasmo presagiaba el éxito de la obra dramática. En la escena del huerto, nuestro protagonista se hallaba solo en la mitad del escenario y una luz azulada que simulaba la noche le caía sobre la frente.

Ahora estoy triste y cansado

Mi camino de tres años

Me parece que son treinta

Y, ¿qué más puede un hombre hacer? [ii]… se lamentaba en la oscuridad del huerto.

Sus manos tiritaban sobre la roca fría. El suelo, los troncos de los árboles, su follaje, ya no eran objetos de utilería sino ásperas y auténticas superficies que anticipaban el Calvario. Los hombres y las bestias dormían bajo un sopor azul. ¡Pero pronto, hazlo pronto o yo me voy a arrepentir! [iii], le dijo desafiante; hurgando con la mirada una señal de sosiego en medio de la noche (quizá la más oscura de todas las noches). De pronto, la luz de la brillante luna resbaló tierna sobre sus mejillas, y escuchó aumentado el latido de cada animal, el crujido estridente de laboriosos insectos y el eco impetuoso de las olas, rompiendo ingenuas sobre la superficie de las rocas de todos los mares.

Y el hombre sintió su presencia diáfana, galopando por sus venas y exhalando la misión encomendada por cada poro de su piel, y comprendió que a cada paso que avanzaba la realidad se develaba implacable, que ya no se hallaba sobre un escenario de una ciudad iluminada sino encarnando (entre los olivos) el gran libreto de la vida.

Y mientras Pedro, Pablo, Santiago y el resto dormían acunados por el sueño divino, los soldados y los sabios del Sanedrín irrumpieron desde las sombras. Y entre ellos surgió también la figura de Judas, quién lo besó en la mejilla y le llamó maestro en lengua primitiva. El hombre levantó su mano derecha, acarició el rostro de su amado discípulo y le susurró al oído: Judas, con un beso me traicionas. [iv]  Y desde las profundidades de su retina le mostró el destino de su nombre: erradicado de la frente del resto de los hombres como sinónimo de traición. Un golpe de arrepentimiento sacudió al discípulo y lo atravesó como un tropel de bestias marinas; como manada de ballenas que se agitan en la profundidad de los océanos entre mantarrayas, pulpos, anguilas, jabalíes y ornitorrincos; como plaga de langostas y coleópteros de dinastías pretéritas; como roncos glaciares que se fragmentan ante el espanto; como palmeras salvajes y furiosos ruidos blancos desatados desde la eternidad del Verbo. Con ese delicado beso, el traidor conoció la penitencia y el agobio: había entregado a su maestro.

Al alba, el hombre fue ofrecido en sacrificio, en nombre de todos los hombres y mujeres y por todos aquellos que nacerían en adelante y a lo largo del extenso futuro.

 

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[i] Rice, T., & Lloyd Weber, A. (1975). Todo estará en paz (Everything’s alright). [Grabado por C. Sesto]. En: Jesucristo Superstar.

[ii] Rice, T., & Lloyd Weber, A. (1975). Getsemaní – Oración del huerto (Gethsemane – I Only Want to Say). [Grabado por C. Sesto]. En: Jesucristo Superstar.

[iii] Idem.

[iv] Rice, T., & Lloyd Weber, A. (1975). El arresto (The arrest). [Grabado por C. Sesto]. En: Jesucristo Superstar.

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3 Comentarios. Dejar nuevo

  • ROSA CANDIA CANDIA
    9 abril, 2021 8:22 pm

    Excelente relato, buen posicionamiento del personaje, jesucristo opera rock en su esplendor. Felicitaciones¡¡

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  • Un relato que atrapa desde el inicio y traslada al lector de un escenario a otro, de una época a otra, de una realidad a otra; con soltura, dinamismo y poesía. Notable, a mi parecer.

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  • Susana Inés Vega
    20 abril, 2021 8:33 pm

    Todo en torno a SU vida me emociona y me conmueve, logró conmoverme tu relato cuando el actor parecía poseído por el personaje principal, hermoso homenaje el tuyo a un ser maravilloso que nos regaló tantas enseñanzas…
    Hubiese querido que te explayaras más , es un tema maravilloso y el desenlace me dejó con gusto a poco, como si de pronto las musas… «hubiesen huido de tí»!!!
    Estaba realmente abstraída con tu relato y en un instante algo se desencajó, mi opinión es absolutamente personal, sin mayores conocimientos de como escribir un cuento, pues solo he participado en una webinar y estoy por primera vez en un Taller de Narrativa con JC

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