Hijo de tigre

Marisol Kovacic

Santiago

Alfredo usará la fuerza para salvar su mundo, sabe que la tiene. Ha sido obligado a desarrollarla. Esperará a que llegue la noche, ellos tendrán que estar durmiendo. El haber nacido con casi 5 kilos de peso, selló su destino. Sería campeón de halterofilia, como su padre, que había ganado dos medallas en los juegos olímpicos de 1932, en Los Ángeles. Justo el año anterior a su nacimiento. Está consciente de que los discos de las pesas pueden hacer mucho daño.

Esperando en su refugio, se recuerda desde siempre con ellos en sus manos. A sus escasos cuatro años lo dejaron a cargo de un prestigiado entrenador, amigo de juventud de su madre. A poco andar entablaron una relación de cariño y respeto. El “futuro campeón” era el hijo que el entrenador nunca tuvo y el niño se sintió apreciado por primera vez.

Recién cumplió ocho años y ya está seguro: no le gusta ese deporte. Detesta el dolor muscular y su exceso de peso le impide ser ágil y tener elasticidad. Es el hazmerreír de sus compañeros de primaria. No tiene amigos. Se aferra a su entrenador. Ha manifestado en innumerables oportunidades a su madre todas sus molestias y frustraciones. Ella escucha, le acaricia suavemente la cabeza y lo insta a seguir y a obedecer. La única vez que expresó su pesar al padre, recibió tal paliza que lo libró de tres semanas de entrenamientos. A su progenitor solo le interesa tener un “Hijo de Tigre”. Alfredo sufre, aprende a odiar. Ante la tristeza del niño, el entrenador conversa con el padre, quien, furioso, lo echa violentamente sin permitirles despedirse.

Su escape, desde hace unos años, es esconderse bajo una antigua mesa de comedor que está junto a otros trastos en el desván de la enorme casa donde viven. La mesa está cubierta con una raída tela que casi llega al suelo. Es su guarida. Escondido allí se ha salvado de algunos entrenamientos, aunque eso le reporta crueles castigos.

Debajo de esa mesa ha creado su mundo y oculta su tesoro, tres maravillosos libros regalados por su entrenador. Esta tarde escuchó a sus padres conversar sobre desocupar y acomodar el desván para equiparlo para sus entrenamientos. Desde ahora su papá lo entrenaría. ¡Iban a quemar su mesa! ¡Iban a quemar su refugio! No, no lo iba a permitir.

Mientras espera se duerme. Un trueno lo hace despertar sobresaltado. Escucha que el característico ronquido del padre suena distinto. Ha llegado el momento. Sale de su escondite con el pesado disco en sus manos, camina sigilosamente. La oscuridad es total. La vieja madera del piso cruje con cada paso. Abre suavemente la puerta del dormitorio matrimonial, sin poder evitar el chirrido de las corroídas bisagras. Ve que uno de los cuerpos se mueve en la gran cama. Se agacha. Tiembla. Imagina su mundo destruido si ellos despiertan. Llega a la cabecera. El mismo cuerpo vuelve a moverse. Siente el latir acelerado de su corazón. Suda. Tirita. Levanta sus brazos sosteniendo la pesa y, con todas sus fuerzas, asesta el golpe. Un rayo ilumina la estancia y le deja ver el rostro ensangrentado y moribundo de su querido entrenador.

¿Qué te pareció este relato?
Por favor, déjale un comentario al autor.
Entrada anterior
Relato Breve “Romance en sepia”, Nora Soto (Taller On Line Creación Narrativa)
Entrada siguiente
Relato Breve “Soy Mahu”, Carmen Sarue (Taller On Line Creación Narrativa)
Menú