La confusión, por Ramiro Oliveros

  1. Inicio
  2. Relatos Taller Creación Narrativa
  3. La confusión, por Ramiro Oliveros

Esperaba su mocha frappuccino a un costado del mostrador, faltaban aún un par de minutos para la cita con su médico. La cafetería estaba al costado de la clínica por lo que había decidido pasar la espera disfrutando de su bebida láctea favorita del verano, aun cuando esto significara exponerse a “la confusión”.

—¡Evercrisp! —llamó desde el mostrador la dependienta.

Repasó su normal, plana e infumable existencia a la espera del café, alisó por instinto sus pobladas cejas y suspiró. El tramite lo tenía inquieto, no le gustaban los doctores, no era tiempo para enfermarse, menos ahora que El Turco lo necesitaba sano.

—¡Evercrisp! —¡mocha frappuccino para Evercrips listooo! —insistió la joven tras el mesón.

—Acá, soy yo, es Evercen­ —respondió al llegar al mesón.

—¿Qué? —Evercen, mi nombre, ese es, no es Evercrips.

—Evercrips es lo que dice el vaso, mire —señaló la joven indicando el rayado negro en el vaso de cartón.  Evercen echó una mirada al cajero que había solicitado su nombre al pagar, un cincuentón queriendo simular treinta, y entendió todo.

—No te preocupes, gracias.

—Te doy un consejo, utiliza tu segundo nombre, yo me llamo Eulalia pero para todos soy Andrea —dijo la chica del café entregándole el vaso de cartón con la bebida.

—Sí, es buena idea, pero tengo sólo un nombre, larga historia, promesa familiar, ya estoy acostumbrado —le respondió a la joven con una leve sonrisa con el refresco ya en su mano.

Tomó un sorbo largo de su café helado y recordó todas las desventuras que vivía por su nombre, más de una vez quiso cambiarlo, pero no logró encontrar algún otro que realmente le gustara.  Además, estaba la promesa. La promesa que su padre había hecho a su abuelo en su lecho de muerte, <<no te preocupes padre, mi hijo llevará tu nombre, habrá Evercenes pa rato>>. Las promesas se cumplen —se repetía cada vez que le tocaba hacer frente a la confusión.

Se sobresaltó y una gota de su café se fue a alojar en su camisa cuando su celular vibró.

—Turco—contestó

—¿Dónde estás?, David, paisano, necesito que vengas al galpón, tenemos trabajo.

—Dame una hora Turco, estoy en algo, termino y voy, ah y David es mi apellido, mi nombre es Evercen.

—Como sea, te ausentas, no avisas, mi tiempo es dinero Eben Ezer, no juegues conmigo.

El Turco colgó. Evercen suspiró y enfiló sus pasos a la clínica, retomó el recuerdo de las innumerables burlas y confusiones de las que había sido víctima dado su nombre tan particular.  Recordó, por ejemplo, a sus compañeros de clase, para quienes siempre fue Everest, apodo muy apropiado dada su estatura veinte centímetros por arriba del promedio, trajo a su memoria a la chica del gimnasio con quien había intentado ligar, para quien no fue más que el simpático Everlast, también acudió a sus remembranzas, con algo de inquietud, el conserje de su edificio, rozando sus dedos callosos en los suyos al entregarle las cartas con ese edulcorado y sentido << tome don Ever Forevah>>

Todas las posibles asimilaciones de su nombre las había oído y podía estar toda una tarde recordando anécdotas que a lo largo de su vida le habían dado no más que sinsabores.

Sin embargo, la desventurada y aporreada vida social de Evercen David Alonso parecía estar dando un giro en todo sentido.  Un giro no con todas las de la ley, pero giro al fin. Trabajar con El Turco le aportaba suculentos ingresos y con dinero a tu favor nadie se atreve a equivocarse con tu nombre.

Anunció su llegada a la consulta del médico y tomó de su café helado un sorbo exagerado que hizo roncar la pajilla inserta en el vaso de cartón.

Lamentó no descargar los resultados de sus exámenes, y comprendió el mensaje que leyó en su móvil el día anterior “Estimado paciente, por requerimiento de su médico tratante le solicitamos acercarse a la Clínica lo antes posible”.

—Por la cresta, lo que me faltaba —había dejado escapar de sus labios con un tanto de ira apresurándose a terminar el trabajo que le hacía a El Turco.

Ahora, ya en la sala de espera, asimilaba la noticia que vendría con desazón.

No podía ser algo pasajero, no, en lo absoluto, sino no lo habrían contactado para que estuviera ahí con urgencia, lo más probable es que fuera algo ya avanzado, alguna especie de tumor, arteria tapada o lo peor un cáncer ya en grado cuatro.  Pasó por su mente nuevamente la chica del gimnasio murmurándole entre abdominales y flexiones <<es muy importante la salú Everlast, no debí despreocuparte>>.

Salió de su ensoñación al oír su celular.  Era El Turco.

—Hey Alonso, muchacho hasta que hora te espero —gritó su jefe con impaciencia.

—Turco, Alonso es mi segundo apellido, no sé si pueda ir estoy en el médico.

—¿Cómo qué segundo apellido?, ya pasamos por esta discusión Alberto.

—¿Alberto? ¡Qué cresta Turco, de donde Alberto es parecido a Evercen!

—¿Quién es Evercen?

—Yo Turco por la cresta, yo soy Evercen!!

—¿Qué clase de nombre es ese? ¿alemán?

—No tengo idea Turco, salgo de acá y voy.

—No, no te preocupes, le daré el encargo a otro muchacho, sigue en lo tuyo Evaristo

—¡¡Espera Turco!!

—Disculpe, ¿Qué necesita? —oyó a la joven enfermera —está haciendo mucho ruido y esta es la sala de espera de un centro médico, ¡ubíquese por favor!

—Si lo siento, mire me citaron urgente.

—Deme el nombre del doctor por favor.

—No lo recuerdo, disculpe, sólo me llegó este mensaje al celular.

—Venga acompáñeme, por acá.

Evercen siguió a la profesional por un pasillo hasta llegar a una sala adornada con motivos infantiles. Digitó su Rut en un dispensador de números y espero que lo llamaran.

Reparó en las cigüeñas con bebés en pañales colgando de sus largos picos. Los demás pacientes eran en su mayoría parejas, aunque había también un par de mujeres jóvenes solas. Algo huele mal, pensó.

—¡Evelyn Davis, box 7! —se oyó por el altavoz.

Fue en ese entonces cuando todo se disipó en su mente.

—¡Permiso, doctor! —dijo Evercen y entró en el pequeño box de atención.

—Disculpe, ¿viene usted con Evelyn?

—Eh no doctor, Evelyn es muy probable que sea yo…

—¡Perdón!?,

—No en términos exactos doc, mire, no es la primera vez, es una larga confusión, ¿tiene un par de minutos?

¿Qué te pareció este relato?
Por favor, déjale un comentario al autor.
Entrada anterior
El rostro, por Juan Pablo Rochette
Entrada siguiente
Santos inocentes, por Luis López

¿Te gustó el relato?
Por favor deja tu comentario.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

Menú