La decisión

Eduardo jara

Arica (Chile)

La pareja retozaba bajo las sábanas de la cama, prodigándose mutuamente caricias profundas. Las manos se deslizaban incansablemente sobre sus febriles desnudeces.

El tiempo con su levedad, se difuminaba en ese momento de complicidad erótica, manifestado a través de besos húmedos, y vellos erizados.

El antiguo ritual semejante al que realizaban las antiguas hieródulas, culminó cuando a la mujer la recorrieron las inequívocas  convulsiones, era como si un hambriento sacudiera el último fruto de una rama de un manzano, así de potente fue aquel orgasmo salvaje en que su entrepierna se agitó con aquellos estertores profundos.

El baile coital había cesado y la pareja seguía abrazada entrelazando sus cuerpos sudorosos. Se miraron a los ojos largamente mientras se sonreían.

—¿Qué pasa Pedro? algo te preocupa.

—Ideas tuyas mujer, solo debe ser que estoy cansado.

—No me mientas, te conozco desde hace tiempo, puedo leerte.

—No te equivocas, estoy intranquilo; hay cosas en que debo pensar.

—Soy tu mujer, puedes confiar en mí; nos hemos protegido el uno al otro por años… dime lo que te pasa.

—Está bien Inés, quería hablar contigo mañana cuando estuviéramos más descansados, pero ya que no te quedarás tranquila, te contaré.

El hombre, se levantó de la cama, se puso paños menores, tomó un poco de agua y deambuló un momento por la casona de adobe. Temía este momento inevitable. Respiró profundamente antes de mirarla a los ojos y hablar.

—Te había contado que en el juicio de residencia que tuve ante el Virrey La Gasca, fui confirmado como gobernador de chile; lo que no sabes es que tuve que pagar un alto precio.

—¿Qué precio tuviste que pagar Pedro?

—Mi amada Inés, el más alto y más doloroso.

—Dímelo sin rodeos, no dudes más.

El hombre hubiera preferido estar en alguna batalla lejos de ahí, que frente a la mujer que era el gran amor de su  vida.

—Está bien, te lo diré…La sentencia ordena que para ser nombrado gobernador de Chile, nuestra relación de amancebamiento no puede seguir adelante, debemos separarnos.

—¿Qué dices? Pero si yo soy tu mujer,  he estado contigo desde el Cuzco, atravesamos desiertos y luché protegiendo Santiago cuando atacaron los mapuches; no pensarás obedecer una sentencia tan injusta.

—No tengo otra opción, La Gasca no solo es el virrey, sino que es un clérigo de la Santa Inquisición; por ello es que no pudo dejar pasar por alto nuestra relación prohibida y me ordenó mandar a buscar a España a Martina, mi legítima esposa… y así lo hice.

—Eres un desgraciado ¿y cuándo pensabas decírmelo? ¿Cuándo llegara el carruaje de tu mujer?

—Pensaba decírtelo uno de estos días, pero no sabía cómo hacerlo; además la sentencia también dice que debo revocarte la encomienda de indios.

—¿Acaso quieres transformarme en una pordiosera? ¿A mí, la que salvó Santiago cuando ahuyenté a los mapuches degollando a sus caciques? ¿Así me pagas?

—Inés, mi amor, comprende que no tenía otra opción.

—¡Mentiroso! Si la tenías, podías haber renunciado a la gobernación y haberme elegido.

—¡No seas insensata! Soy un conquistador, y vine en busca de la fama y fortuna que se me negó en España; ni siquiera el amor que siento por ti se interpondrá con ello.

—¡Embustero!¡No digas que me amas! ¡Si me amaras hubieras elegido lo nuestro por sobre cualquier cosa! ¡Me traicionaste!

Inés sacó de debajo de la almohada una daga que tenía siempre ahí para defenderse, se abalanzó contra el hombre que le había fallado. Pedro, no se inmutó, la tomó de los antebrazos, ella lo insultaba y lo maldecía. Él dobló un poco la femenina muñeca aplicando un poco de fuerza, produciendo el suficiente dolor para que ella soltara la daga, la abrazó fuerte diciéndole al oído que lo perdonara.

—Inés, mi amor; te casaré  con Rodrigo de Quiroga, es el mejor de mis capitanes, así no te desampararé.

Ella lo pateó y lo mordió hasta que la soltó. Se miraron como nunca se habían mirado, el con pena, ella con ira.

—Pedro, grábate esto, ¡Nunca te lo perdonaré!

Salió rauda con su orgullo sangrante, encaminando sus pasos al cerro Huelen, para que nadie la viera llorar. Él apesadumbrado se sentó en la cama tratando de convencerse.

—Yo no tenía otra opción…no tenía otra opción…debía hacerlo…debía…hacerlo.

Nunca más volvieron a besarse.

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