La huida, por Mariana Ampuero

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-¡Mamita, mamita! ¡Los pacos! ¡Vienen los pacos! – Gritaron los niños, al tiempo que entraban en la casa, empujándose, yendo donde la madre que en ese momento hacía pan.

-¿Los pacos? ¿Vienen p’acá? Capacito que al Rogelio le pasó algo. A ver, chiquillos e´moledera, vaigan pa la pieza – dijo, mientras se limpiaba las manos en el viejo delantal e iba hacia la puerta.

-¿Usted es la mujer de Rogelio López? – preguntó el policía.

-Sí, señor. Rosario Mejías, pa´servirle. ¿Qué pasa con el Rogelio?

-¿Sabe dónde está? Lo andamos buscando por cometer abigeato.

-¿Abi, qué?

-Él robó animales de un fundo y lo más seguro es que los lleve a Argentina.

-No, señor – respondió Rosario con voz firme – Él no es un ladrón. Trabaja duro p´alimentar a sus güainas y no hace de lo que usté está diciendo.

-Teniente, no hay nadie por acá. Ya debe estar por los cerros.

***

-Cuando los pacos se fueron, mi vieja se echó a llorar. No entendía muy bien lo que le había dicho el teniente, que mi viejo era cuatrero, que iba a vender el ganao robao a la Argentina. No lo creía.

-¡Mi pobre vieja! Nunca se recuperó de la pena, cuando él no volvió. Su corazón siempre le dijo que estaba muerto en algún lugar de la cordillera.

Manuel guardó silencio, después acomodó los leños.

A la luz de la fogata, las siluetas de los tres amigos se proyectaban contra la pared rocosa. Del otro lado, el bosque enmarañado, los barrancos pronunciados, tallados como la obra artesana de los ríos cordilleranos.

Manuel y el menor de sus hermanos, Juan Antonio, habían comenzado su huida hacía justo una semana con sus noches y sus días, sus miedos, sus nuevos sueños y quimeras reinventados tantas veces con el único fin de, en sus jóvenes e idealistas años, construir un mundo mejor, donde la justicia social no fuera solo una utopía, un concepto desconocido para la mayoría, pero, sobre todo, ignorado por quienes lo predicaban en sus discursos tan parecidos unos a otros.

David, el amigo, compañero de juegos, de escuela, de militancia, compinche de los amores adolescentes, cómplice de las primeras juergas, confidente, partícipe necesario en el grupo de activistas, llamados por algunos “delincuentes habituales”, completaba el trío.

Ahí estaban, cada uno intentando mostrarse corajudo ante los otros, pero sintiendo por dentro el miedo a la tortura, la humillación, a una muerte segura si sus perseguidores les daban alcance.

El cansancio, el paso forzado entre bosques, tener que borrar sus pisadas en el barro, vadear ríos, bajar, subir valles y quebradas, habían comenzado a minar la resistencia física y moral, sobre todo de Juan Antonio, qué siendo el menor, veía a su hermano Manuel y al amigo como sus protectores.

Quedaba poco licor en la botella, hicieron la última ronda; David tiró unos leños a la fogata.

-Nuestra mamá, hizo de todo pa´sacarnos adelante, lavaba y planchaba ropa ajena, vendía empanás caldúas, era llorona y santiguadora, con lo que ganaba, nos pudo mandar a Talca, a estudiar. Quizá cuando la veremos – Comentó Manuel, como si hablara consigo mismo.

-Sí, y mira dónde estamos ahora – replicó Juan Antonio – Escapando, escondiéndonos como conejos asustados. Estamos igual que el viejo, él por el ganao robado y nosotros por las ideas… Mejor, voy a dormir.

-Al final, ¿supieron que le pasó a tu papá? – preguntó David.

-Mira, en realidad, él no era cuatrero, pero tú sabes “que la ocasión hace al ladrón”, él vio una posibilidad de ganar unos pesos más robando ganao del fundo de los Fernández. Yo creo que no lo pensó dos veces. Por la cordillera del Maule lo agarraron y ahí mismo le metieron dos tiros. Alguien que lo conocía tuvo que haberlo encontrado, porque le sacó el escapulario que llevaba y se lo dio a mi vieja… ¿Sabes? Descansemos mejor, mañana nos espera un tirón largo.

Aún no aclaraba, cuando oyeron ladridos cada vez más cercanos. Enrollaron sus mantas, guardaron los jarros, el café y el azúcar; no alcanzaron a borrar sus huellas, allí quedó la botella vacía y las cenizas, todavía calientes. Con mucho cuidado avanzaron por un angosto y resbaladizo paso, que solo les permitía ir en fila. Tenían miedo, pero sabían que debían vencerlo si querían terminar su jornada a salvo, además, para sus perseguidores, también sería complicado hacer ese trayecto, más aún, si debían sujetar a los perros para evitar que cayeran por el precipicio.

David, que abría la marcha, respiraba con dificultad, el sudor corría por su rostro, no se atrevía a cambiar la posición de los brazos por temor a perder el equilibrio; se sentía mareado. De repente, trastabilló, resbalando hacia el acantilado, un grito desgarrador, que se multiplicó por los cerros, rasgó el silencio, que hasta entonces, era solo roto por los ladridos. Manuel, que lo seguía, no supo cómo lo pudo asir por la chaqueta y sostenerlo hasta subirlo a la saliente. Juan Antonio, temblaba, orinándose. Manuel comprendió, entonces, qué debía hacer. Miró hacia abajo, vio que las paredes el cerro ofrecían cierta posibilidad para bajar. Su hermano era joven, sano, ágil, podría hacerlo. Él, no abandonaría a su amigo.

-Hermano, debes irte, ya están demasiado cerca. Una vez abajo, avanza hacia el oeste y llegarás a algún poblado. Cuando veas a nuestra madre, dale un beso de mi parte, dile que es lo que más quiero en esta vida, al igual que a ti.

-Manuel… hermano… – Se besaron. Juan Antonio comenzó a descender, afirmándose en las salientes.

-Debes irte con él, amigo – pronunció David, con voz apenas audible – déjame acá, les diré que me abandonaste, que sigues adelante.

-Esperaremos.

 Juan Antonio tenía las manos heridas, pero seguía bajando. Vio una cueva en la roca, balanceó su cuerpo, con las piernas alcanzó la entrada. Una vez en su interior, se sentó afirmando la espalda en una de las paredes. El cansancio y el sueño, lo vencían. Se acomodó lo mejor que pudo, cerró los ojos, entonces…oyó los balazos…

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