La llamada

Juan Pablo Rochette

Santiago

Las llamadas siempre ennegrecían todo. Por más que la luz fuera radiante esas llamadas lo volvían todo oscuro. Solo mirar el aparato telefónico a ciertas horas me agitaba, advertían pesadumbre y tempestades. Tempestades a la intemperie. Hubiera querido pertenecer al tiempo en que las noticias llegaban con mucho retraso y en un papel que no contenía una voz angustiada, menos una cara llena de desesperación. Pero ese tiempo no estaba disponible  ¿Cuándo sonaría la siguiente?

Las madres son ineludibles. Somos costilla materna. La mía parió un drama. La llamada me lo recordaba insistentemente. No podía fugarme, ella inundaba mi conciencia. ¿Por qué?

El dolor más punzante es aquel que engaña con salidas que, repetidamente frustradas, se burlan de ti. Todo eso llegaba con esa última llamada. Un naufragio continuo en mares poblados de penas enseñadas ¿Cuándo llegaría el puerto tranquilo?

El silencio edificó lentamente el refugio que lo devastó. No oyó su propio grito de desesperación. Nadie lo oía porque él no lo oía. El eco solo viajaba en su imaginación cuando, evadido de su tortura, creaba mundos donde sí había voces y los sonidos inventados completaban las formas y colores. Era su música y su desgracia. Nadie oía su llamada

Pensar que una simple llamada podía traer con ella una antigua película triste, que presagiaba lágrimas y también rabia. La rabia fue otra compañera de ruta. Debías conversar continuamente con ella y no permitir que se arrancara. Podía ser fatal

En el último tiempo las llamadas se habían tornado cada vez más implorantes y las respuestas un caldo desnutrido que no alimentaba una mínima esperanza. Solo quedaba el dolor al final de esos bosquejos de conversaciones inútiles.

Aunque su vida fue larga, mi madre murió sin hacer esa última llamada. La llamada de la agonía. Esta llegó de noche, imprevista, cuando la tempestad se había tornado huracán, cuando la esperanza era un esqueleto invisible y el naufragio desesperaba las almas de los que íbamos a bordo. La llamada superó el umbral trágico adivinado.

El drama, rutinariamente ebrio, apurando un pan de hambre que escondía una insensible espina, liberó, paradójicamente, su atascada voz. Mi hermano, amado y rechazado, junto a su cruel sordera, nos había dejado para siempre. Nunca más esperé llamada alguna.

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