La noche del nombre

Eduardo jara

Arica (Chile)

Hay un antes y un después de aquella noche. Les aseguro que no soy fantasiosa. Todos quienes me han conocido desde niña, pueden dar fe que siempre he sido en extremo racional.

Esa noche de invierno había vuelto de un largo ensayo con la orquesta. Venía feliz, porque estaba segura que pronto me ascenderían a primera violinista de la orquesta sinfónica. Todo se daba como había planificado mi vida. Un ejemplo de esto es que hace unos días había cumplido los treinta, y al apagar las velas del pastelillo que compré para autocelebrar la fecha, me di cuenta que no tenía un deseo en especial que pedir, ya que todo se desarrollaba naturalmente según las decisiones tomadas para cumplir con mi plan de vida.

Si he venido a contarle esto es porque necesito su ayuda profesional para recuperar mi paz interior. Confío que lo que le diga quede entre nosotros ¿Ustedes los sicólogos tienen secreto profesional cierto? Espero que no me ponga en un registro de locos, ¡porque no estoy loca! Eso puedo asegurárselo. Solo quiero volver a ser la que era, aquella que tenía control de su vida, de sus emociones y sus sueños. Le admito que dudé en venir. Pensé en ir primero a un sacerdote, ya que de pequeña fui criada en una familia católica, y a pesar de mi excesiva racionalidad que me hizo perder la fe, me quedó la idea que ellos son los indicados para ayudar en temas sobrenaturales, pero no tuve el valor de pisar una iglesia; me hubiera sentido una hipócrita. Tengo los nervios destrozados desde aquella noche. Ya no puedo tocar el violín como lo hacía antes de tener esa experiencia ¡Ayúdeme! Mi carrera de violinista peligra.

Está bien, me calmaré y trataré de contarle las cosas tal como ocurrieron. Había llegado de un ensayo en que estábamos preparando la obertura 1814 de Tchaikovsky, venía de buen humor, y aún no me sentía cansada, así que saqué mi violín de su estuche. Admito que no es un Amatius ni un Guarnerius ni menos un Stradivarius, pero es el mejor que he podido adquirir hasta ahora.

Recuerdo también que sentí una leve excitación al  ver el nuevo arco que usaría e imaginé las notas que podría sacar al instrumento con esa mecha de cerdas de crin, virginal e impoluta. Le froté brea para violín para mejorar la adherencia con las cuerdas. Respiré profundo y comencé a tocar con pasión desmedida el capricho para solo de violín “La Risa del Diablo”. Pensándolo ahora, quizás eso detonó lo que vendría después. Definitivamente, hay cosas con las que es mejor evitar jugar.

Me sentía la reencarnación de Paganini haciendo bailar el arco sobre las cuerdas. Estaba llegando al clímax cuando ocurrió algo inusual: el arco salió despedido de mi mano  y chocó con la pared.

¿Me había emocionado mucho? ¿Lo había tomado con poca firmeza acaso? Lo fui a recoger cuando de reojo me pareció ver una silueta menuda, giré la cabeza y no había nada. Pensé que era el cansancio que me avisaba que debía descansar. La inspiración se había ido y, como anochecía, prendí una lámpara, dejé el violín en su estuche, guardé el arco y fui a la cocina para prepararme un café. Al cabo de un rato la tetera estaba por hervir cuando escuché como alguien tocaba una nota desafinada en mi violín.

Temerosa me asomé a la sala y vi el instrumento fuera del estuche apoyado en el sillón. Al parecer no había nadie, pero debía asegurarme; tomé el cuchillo más grande que tenía en la cocina y revisé todo el departamento. No había nadie más; yo estaba sola. ¿Había sido una broma del cerebro debido al estrés?

Volví a la cocina donde estaba sonando la tetera y me serví el café. Le estaba agregando el endulzante cuando se cortó la luz. ¿Era un corte general? No, al parecer solo era de mi departamento, ya que la luz de la calle y otros edificios entraban por la ventana, todo estaba en penumbras.

Fui a ver los interruptores de electricidad, los subí y bajé todos  y nada ocurrió. Entonces ocurrió… escuché a la espalda una voz susurrante de una niña que preguntaba “¿Por qué?  Me di vuelta velozmente y no había nadie. Vuelvo a sentir las palpitaciones, y el sudor en la espalda como aquella vez, Con innegable miedo pregunté “¿Quién está ahí?” Solo respondió el silencio. Me percaté que en ese momento, comenzó a bajar la temperatura general. Lo inusitado de la situación me produjo un espanto subterráneo. Comenzaba en mí un forcejeo entre mi racionalidad y mi instinto.

Me repetí que debía ser solo imaginación mía por el cansancio. Traté de dar la electricidad una vez más subiendo y bajando los interruptores. Estaba en eso cuando a mi espalda sonó la voz susurrada de la niña “¿Por qué?” me volví y no había nadie, estaba segura que no era mi imaginación. Pregunté con angustiada voz, con la secreta esperanza que nadie respondiera, ¡Que ingenua fui!

—¿Quién eres?

Hubo un largo silencio antes de que escuchara la respuesta ya no susurrada

—”Sabes quién soy“.

Ahí fue que vi la sombra de una niña con el rabillo del ojo a mi derecha, miré y no vi a nadie ahí, entonces vi por el rabillo la sombra de la niña a la izquierda pero más cerca, miré y tampoco había nadie. ¿Estaba teniendo alucinaciones?

Miré el ventanal que da al balcón del departamento y vi el reflejo de una niña que acercaba su manita hacia mí. ¡No me podía mover por el pánico! Sentí como su fría mano espectral tomaba la mía. La sensación de ese frío y húmedo ectoplasma atravesó no solo mi piel sino también mi alma. En especial me costó respirar cuando desde el reflejo del ventanal, la niña giró su cara y fijó sus ojitos con pena en los míos. ¡Nunca había sentido un estremecimiento tan opresivo en una mirada! Los labios de la niña volvieron a moverse y su dulce vocecita fue audible claramente.

He estado triste y sola.

— ¿Quién eres, niña?

Tú sabes quién soy.

—No lo sé. No te conozco, me confundes con otra.

El rostro de la niña del reflejo se entristeció por un momento, frunció el ceño y su cara se endureció por la molestia y después por el enojo.

—¡Yo estaba dentro tuyo y me sacaste! ¡Me rechazaste!

Al escuchar eso comencé a entender que podía estar pasando. Vinieron a mí, imágenes de un quirófano en una clínica unos diez años atrás.

—Yo era muy joven. Tenía una carrera por delante; no tenía tiempo para ser madre.

—¿Me echaste de menos? ¿Pensabas en mí cuando veías a otros niños?

—Al principio sí, pero con los años pude reprimir esa melancolía. Me convencí que no habías existido.

Para mi espanto vi que el pelo de la niña del reflejo comenzó a levantarse como si flotara en un medio acuoso.  Diversas cosas en la habitación comenzaron a levitar a mí alrededor. El rostro de la niña comenzó a deformarse como la voz que mutó a una abyecta y gutural.

—¡¿Cuál es mi nombre?! ¡Dime mi nombre!

— No lo sé.

Las cosas volaban por la habitación; comenzaban a chocar contra mí, comenzaban a herirme.

—¡Me estás haciendo daño!

—¡¿Cual…es… mi… nombreeeee?!

Me tuve que acurrucar en un rincón mientras recibía el golpe de ceniceros, floreros y diversas cosas que me estaban dejando cardenales en la piel. A pesar del pandemónium logré recordar por fin.

—¡Leonor!, ¡pensé en ponerte Leonor!

Todo se detuvo de repente, el reflejo de la niña se calmó y sonrió.

—”Leonor…me gusta

Su imagen se desvaneció y la electricidad volvió. Todo estaba desordenado. Por última vez escuché la voz de la niña:

Mamita, te perdono. Nunca más nos volveremos a ver.

Eso dijo, que no nos volveríamos ver nunca más. Desde allí que me aterra la oscuridad. Desde aquella noche que marcó el vacío de su ausencia, en mi cama me tapo la cara y sollozo musitando: “Leonor, mi Leonor” una y otra vez hasta quedarme dormida.

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