Los caminantes grises, por Eduardo Jara

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Sobre el palacio de la Moneda, flamea la bandera de Argentina. A Ernesto Balladares, aquello lo hace rabiar por dentro cada vez que pasa por ahí. Afortunadamente, nadie se percata del estremecimiento de este hombre vestido con el casco y buzo de un técnico eléctrico. Se cruza como siempre con gente gris que camina cabizbaja. Los únicos que se ríen con desparpajo es muy posible que sean argentinos. Esos pendejos hijos de puta se creen dueños de todo desde que se anexaron Chile. Justamente esa arrogancia  se volverá en contra de ellos ¿Cómo decía mi abuela? No hay mal que dure 100 años ni güeón que lo resista.

Los chilenos son casi invisibles para esos argentos que se creen europeos. No son capaces de percatarse que diversos engranajes mestizos, giran silenciosos desde hace meses, quienes, vestidos con cascos y overoles de diversas compañías de servicios, ya se han desplegado en éste día,  en que el presidente Menem, acompañado por su primera dama Chechi Bolocco, dará un discurso de celebración por los veinte años de la victoria en la guerra del Beagle.

Su misión es clara: debe infiltrarse en la torre Entel con un artilugio específico escondido en su bolso.

El guardia de la puerta, con acento bonaerense, le pide la tarjeta de identificación, es una muy buena falsificación. Aun así el guardia demoró casi un minuto comparando la fotografía  con su cara. Revisa el bolso y no detecta el doble fondo. Finalmente lo deja pasar.

Toma el ascensor hasta el noveno piso; su pulso palpita fuerte en su carótida; la hora se acerca.

El ascensor se abre y accede a una gran sala con escritorios y gente trabajando en módulos. Se le acerca un guardia, le pide la identificación con acento cordobés, la revisa, duda en aceptarla como un documento verídico, finalmente parece aceptarlo y se lo devuelve a Ernesto.

Procede a revisar el bolso. ¡Mierda! Parece que detectó el doble fondo. Ya no hay vuelta atrás; el guardia es silenciado con una rápida puñalada en la  tráquea. Los hombres y mujeres que laboraban en ese piso se congelan por un momento. ¿Por qué nadie grita? Se miran unos a otros por tensos instantes ¿Están sonriendo? Unos esconden el cuerpo del muerto en un cuartito; otros que ejercen como personal de limpieza, eficientes, trapean borrando todo vestigio de sangre.

Ernesto se guarda el arma del guardia y la radio de intercomunicación. Podría serle útil en algún momento.

Ingresa a un cuarto con equipos tecnológicos, ubica una terminal específica y controla la hora mirando su reloj de muñeca. Aún falta un minuto, debe esperar.

Unos momentos después se escuchan fuertes detonaciones, unas más alejadas y otras más cercanas. El palacio de la Moneda y varios ministerios están siendo atacados con bombas de amongelatina al mismo tiempo. Ahora le toca hacer su parte.

Del doble fondo de su bolso extrae una cinta de video que inserta en la máquina que tiene enfrente. Opera unos interruptores y la señal abierta de los canales de televisión es intervenida por la grabación de su cinta de video con un discurso en loop:

Hermanos chilenos, ha llegado el momento de recuperar la patria del dominio extranjero.

Compatriotas, el Frente Patriótico Leftaru los llama a levantarse y derrocar el gobierno neoperonista que solo ha traído brutalidad y superinflación…

Mientras los televisores transmiten en cadena nacional el mensaje insurreccional, Ernesto, utilizando uno de los teléfonos de la oficina, procede a llamar a la recepción de la torre avisando que hay una bomba en el edificio. Acto seguido indica a todos que bajen por las escaleras. Se confunde con ellos y logra salir a la calle y escapar.

El discurso revolucionario termina con un ¡Aún tenemos patria ciudadanos! Y con los acordes del himno nacional de Chile.

Muchos sonrieron en sus hogares, después de mucho tiempo, al ver esa subversiva transmisión.

La insurrección por la nueva independencia de Chile ha comenzado.

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