Nuevos horizontes, por Gabriel Rojas

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El avión se elevó entre las nubes primaverales que cubrían la isla, con claros signos de dejarse caer estrujando sus aguas acumuladas.  Sus nervios recién empezaban a relajarse después de tantos días de tensión de los preparativos del viaje. Primero, tomar la trascendental decisión de dejar la isla. Después, reunir el dinero necesario para la compra de los pasajes y enfrentar los primeros gastos de estadía en el nuevo país que lo recibiría. Lo más fuerte fue, sin lugar a dudas, despedirse quién sabe por cuánto tiempo de su madre y sus hermanos menores, que esperarían ilusionados el momento para poder seguirlo.

Hacía poco había cumplido los 25 años y trabajaba como mecánico en un taller de motos, cuyos ingresos a veces no alcanzaban para ayudar a su madre con los gastos de la casa. No tenía contrato de trabajo, materias laborales que no se estilaban hacía años en su país, en diversos oficios. Los ingresos los recibía a medida que llegaban clientes y debía entregar el 40% de lo recaudado por cada reparación, al dueño del taller quien sin el menor esfuerzo obtenía pingües ganancias. Su madre cocía pan que sus hermanos salían a vender por las casas aledañas, y que muchas veces por malas ventas, se transformaban en el único alimento del día junto a bananos y agua de coco, que obtenían por intercambio. Su padre emigró cuando eran todos pequeños a República Dominicana y nunca más supieron de él.

Algo entendía del nuevo idioma que debería enfrentar. Buscando trabajo en el país vecino de la misma isla, había aprendido algunas frases elementales en orden de iniciar al menos alguna conversación y comprender en parte las respuestas. No se le pasó por la mente que necesitaría dominar una nueva lengua. Poco francés sabía, sólo lo aprendido en los pocos años que estuvo en la escuela, el que tampoco le serviría en su nuevo destino, y que fue olvidando con el poco uso.

Las dificultades económicas en la isla después del gran sismo de enero del 2010, habían profundizado la crisis por falta de trabajo y generando inestabilidad en todos los aspectos. Ha pasado varios años del terremoto, que destruyó muchos barrios de Puerto Príncipe, su  ciudad natal, y los signos de recuperación avanzaban a paso muy lento. La cesantía, el hambre, la incertidumbre se esparcía y comprometía en especial el estrato social más bajo. La ayuda internacional si bien es cierto se hacía notar, era insuficiente.

Sentado en el avión, desfilaban por su mente como película las expectativas en el nuevo país. Se veía caminando por una ciudad ordenada, limpia y que podría comer mucho más que por simple hambre. Vestido con ropas que podría lavar y cambiar más seguido. Un buen trabajo estable, que le entregaría un salario no sólo para subsistir sino para ahorrar y poder traer a su familia.

En los folletos que repartían miembros del ejército de la ONU de ese país, vio fotos llenas de colorido, con bellos atardeceres en lindas playas y ciudades con hermosos edificios de mucha altura. Algunas, con poca vegetación, y en otras con abundantes bosques con árboles de gran tamaño. Intensos colores azules pintaban los cielos y una que otra nube se posaba como adorno. Nunca imagino el clima. Escuchaba que el calor no era agobiante ni húmedo como el Caribe, y las lluvias abundaban más bien al sur del país. Numerosos coterráneos lo habían precedido buscando nuevos horizontes, sin embargo, al no regresar nadie aún, imaginaba lo mejor de lo mejor en esos nuevos lares.

El avión no se veía lleno. Una escala en Lima terminó por completar los asientos disponibles. Subieron pasajeros de cabello oscuro y tez blanca, de ojos entre café y miel. Uno que otro de cabellera rubia, y no de alta estatura como en su isla. Desde ese momento sus oídos se llenaron del idioma español, de rápida dicción y no entendiendo prácticamente nada. El murmullo inentendible era intenso, y la voz de la azafata daba instrucciones en español y en inglés, que debía sólo adivinar. Coterráneos como él se veían dispersos en diversos asientos e interactuaban escasamente. Sus caras oscuras y brillantes, se movían sin destino de un lado a otro, con ojos llenos de interrogantes, dibujando ausencia de sonrisas. El rostro de lo desconocido se hacia presente en el encierro del avión.

Pasaron muy rápido las horas. De pronto integraba una larga fila donde debía exhibir la carpeta con su documentación y hacer los trámites de extranjería que le permitieran ingresar al nuevo país. Los integrantes de la fila los fueron seleccionando por su color de piel. El murmullo se llenó del acento natal de haitianos, todos de piel oscura, altos y delgados, esperando para la entrevista con el oficial de turno. El saludo del policía fue cortés. Todo el tiempo tecleaba en la computadora y observaba los resultados en la pantalla. Muy pocas veces lo miró a sus ojos. Le escuchó decir muchas palabras, quizás preguntas, que no entendió y menos pudo contestar hasta que le sonó conocido un “akeyi” en creolé y un “bienvenue” en francés.

Retiró su pequeña maleta, donde traía lo estrictamente necesario, además que eran los únicos enseres que poseía. Salió del salón y buscó entre la multitud alguien conocido. Todos se veían iguales, caminaban rápido, hablaban entrecortado y no entendía palabra alguna.

Entre la multitud de gente agolpada buscó a su amigo del barrio de Puerto Príncipe, con el que había coordinado su venida a Chile. Inmensa fue su alegría cuando lo divisó a lo lejos. No fue difícil ubicarlo entre el tumulto de tanta gente blanca. Después de un abrazo y el intercambio de saludos en su dialecto caminaron a tomar un bus que los trasladaría a la capital, que era lo menos oneroso para hacer el recorrido de casi una hora, por el intenso tránsito.

Miraba a su alrededor y eran pocos los pasajeros de tez oscura como él. Notó que se sentaban lejos de ellos.

Tras largo silencio, su amigo de infancia por fin le dirigió la palabra y se animaron en una charla en creolé para recordar tiempo de niñez. Evitó lo que más pudo en decirle que le vendrían tiempos difíciles y duros.

—En este país nos reciben bien cuando recién llegamos, pero nos aceptan con mucha dificultad. No están acostumbrados a nuestra piel oscura. Nos cruzan miradas llenas de dudas y desconfianza. Piensan que somos malos, flojos, de mal olor y que no queremos trabajar. A propósito, ya te tengo un trabajito, desmalezando en una parcela al sur de esta capital. Te pagarán poco al comienzo, pero te alcanzará para mucho de tus gastos, además que te aseguran un camarote en un galpón donde podrás descansar y bañarte las veces que lo desees.

Con esas palabras Etienne, le daba la bienvenida a Claude, con la sinceridad de la confianza que dan los años de amistad.

—Gracias Hermano, le respondió Claude. No sabes cuan contento me pones y le dio un fuerte abrazo.

Se iniciaba su aventura en Chile. El intenso frío que reinaba en la ciudad al final del otoño, le presagiaban un crudo invierno que no conocía. En fin, todo era desconocido.

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