Ojo en tinta, por Raúl Rojas

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Se miró al espejo por tercera vez. Cesar no podía creer que su cuerpo pudiese generar esos tonos de morados alrededor de su ojo derecho. Acercó su rostro al espejo, tocó suavemente la parte superior de su pómulo, debajo del mismo ojo, donde había una especie de huevo hinchado, y dando pequeños golpecitos con las yemas de sus dedos, aplicó la pomada antiinflamatoria.

No podía creer que estuviese así…

– ¿Qué le diré a mi jefe?… que me asaltaron – pensaba mientras seguía frente al espejo del baño.

– ¡Eso no me lo va creer nadie! – dijo en voz alta.

– Quizás con maquillaje. Podría echarme un poco de base. Camila debe tener por acá… a ver – pensaba mientras revisaba entre las cosas de su esposa, en la repisa junto al espejo.

– ¡Pero cómo cresta!, van a creer que estuve en una riña y yo no le pego ni a las polillas –

Puso sus dos manos sobre el lavamanos, mirando fijamente su rostro en el espejo, dijo: – Y justo hoy, que tengo reunión con gerencia. Lindo me veo. ¡Lindo, con este ojo en tinta! –

Todo sucedió el día anterior. Se suponía, un domingo normal, relajado.

En la mañana llevó a Dieguito, su hijo, a la escuela de fútbol. De vuelta, compraron cosas para el almuerzo. Cesar sería el encargado cocinar su especialidad, su famoso plato Spaghetti de la Muerte, que en realidad era un simple Spaghetti Boloñesa, pero él alardeaba que era el mejor del mundo. Volvieron a casa, alrededor de las 11 am. Camila estaba en el jardín traspasando unas plantas de maceteros. Todo era armonía.

Ella les recordó que, en la tarde, debían ir al cumpleaños de Javier, el revoltoso compañero de Dieguito en el 3to A del Colegio Francisco Bilbao. La cita era a las 16:30 hrs., en la casa del cumpleañero.

La invitación era para participar en familia. Habría juegos y golosinas para los niños. Para los adultos, cervezas y asado.

Alrededor de las 6pm., en pleno cumpleaños, Cesar se acercó dónde estaban algunos papás conversando. Estaba algo acalorada la conversación. Agustín decía que en el próximo plebiscito había que Rechazar, que no había que cambiar la Constitución de Chile, que era un invento de los comunistas, con reformarla bastaba – si no, seremos Venezuela – decía con ímpetu.

Por otro lado, estaba Patricio, quien le refutaba diciendo – ¡Oye noooo!… córtala con eso, ¿en serio quieres seguir con el legado de Pinocho?… y eso de Venezuela, es una caricatura. ¡Deja de hablar leseras! –

Cesar comprendía que no era ni el momento ni el lugar para hablar de política, y aunque estaba de acuerdo con el argumento de Patricio, mantuvo silencio. Había un ambiente familiar y ellos, además, estaban con unas cervezas de más.

En un momento, Agustín se alejó del lugar, dándole un pequeño empujón a Patricio, chocando hombro con hombro. Cesar pensó que Patricio reaccionaría, devolviéndole el empujón o diciéndole algo desagradable. El momento se había vuelto, innecesariamente tenso.

Patricio se acercó a Cesar, preguntándole su opinión.

– Yo tranquilo, no me meto en esas discusiones –

– Ok Cesar. Pero espérate no más, no me voy a ir sin poner en su lugar a ese facho de Agustín, este empujoncito fue la gota que rebalsó el vaso –

Cesar, con una sonrisa nerviosa le dijo – ¿y es necesario? y ¿acá, más encima?

– Es que este facho me tiene aburrido. En las reuniones de apoderados siempre está rebatiendo mis opiniones… creo que me busca. Y ya me encontró.

Aprovechando que Patricio se acercó a una mesa, para alcanzar una nueva botella de cerveza, Cesar se alejó del lugar, yendo donde estaba Camila.

– Uf, mi amor, qué denso el cumpleaños – dijo Cesar con voz baja.

– ¿Por qué? –

– Ahí estaban, para variar, discutiendo Patricio y Agustín, esta vez de política… no les falta –

– ¡Qué desubicados! – dijo Camila.

– Y lo peor, están con varias cervezas en el cuerpo –

Camila le contestó sin decir nada, sólo con la mirada, arrugando su frente, haciendo un gesto de desaprobación.

Cesar la miró e intentando cambiar de tema le dijo: – Mejor, vámonos temprano. Mañana hay que trabajar y no quiero estar cansado. Tengo una reunión importante. Ojalá hagan luego lo de la piñata para irnos –

– Sí, y el canto del cumpleaños feliz – sentenció Camila.

15 minutos después, la madre de Javier llamó a todos al sector donde tenían la piñata. Un gran Pikachú, con muchas tiritas de papel amarillo colgando de su cuerpo.

Cesar llevó a Dieguito de la mano, hacia el circulo alrededor del cumpleañero, esperando la ceremonia de la piñata.

Cerca de Cesar estaba Agustín junto a su hijo, quien en vez de estar atento a lo que sucedía en el centro del círculo, miraba a Patricio, quien estaba a 2 metros de él. Mientras terminaban de preparar al festejado, Agustín lanzó, en voz alta, una frase incendiaria e inapropiada:

– ¡Mejor pásenle los dulces a Patricio, total, él quiere todo gratis –

En el instante, Patricio se movió bruscamente hacia Agustín, empuñando su mano derecha, pasando a llevar a quienes estaban en su camino, mientras decía: – ¡A quién le decí’ eso facho e’ mierda! –

Cesar en un acto instintivo, tomó en brazos a Dieguito y se lo pasó a Camila. En el mismo movimiento, se giró hacia los púgiles, intentando intervenir.

En el momento del encuentro entre Patricio y Agustín, Cesar se puso entre ellos, estirando sus brazos para generar distancia. Agustín empujó a Cesar, con sus dos manos hacia su derecha, desestabilizándolo, para sacarlo de enfrente y tomar posición de pelea.

Cesar quiso insistir en separarlos y… ¡Paaaaaf!, sonó el certero golpe en su rostro, perdió el conocimiento y se fue directo a tierra.

En realidad, entre Patricio y Agustín ni siquiera hubo un intento de golpe de puño. En esas fracciones de segundo, sólo alcanzaron a amenazarse, pero Cesar, por dárselas de superhéroe, y gracias al empujón que recibió de Agustín, cayó en el centro del círculo, recibiendo un certero golpe del cumpleañero, quien estaba con los ojos vendados, dando palos al aire, buscando a la piñata Pokemón.

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