Penicilina en polvo, por Gustavo Espinosa

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De pronto el cielo se pone tan rojo que parece un sueño. Pero él intuye que más bien se trata de sangre que cubre sus ojos, porque siente algo tibio en el rostro y en el aire permanece un chirrido de frenos… al parecer lo arrollaron. Pero, ¿cómo? La verdad, no vio venir coche alguno, ni siquiera sintió el golpe, por lo que su inmovilidad pareciera no tener motivo y, aunque su cuerpo no reacciona, su cerebro funciona a mil. Debe estar de espalda en el suelo, ya que solo ve nubes y rostros que lo rodean. En cualquier caso, entiende la gravedad del asunto por el olor a penicilina que lo inunda todo. Y por ese intenso aroma comprende que se está muriendo.

Todo comenzó en su séptimo cumpleaños; con qué facilidad corría y volaba las calles de su infancia, bastaba golpearse con las manos los muslos para galopar entre cités y vehículos mal estacionados o abrir los brazos y gravitar sobre las casas de techo plano del vecindario. Ese día la calle se ofrecía especialmente abierta al regocijo de sus juegos de aeroplano. Su vuelo era más atrevido, más rasante; por lo que no supo girar bien en la esquina y se dio contra un muro de piedra. El golpe no fue serio, apenas un topón que rompió una de sus rodillas, sin embargo, la sangre que manaba espesa lo asustó y se puso a llorar sentado en la vereda. Podría haber sido que nadie se fijara en él, tanta gente caminando por la ciudad, como en todas las ciudades; pero alguien se acercó, lo calmó y tomándolo de la mano le ayudó a levantarse. Hablándole dulcemente lo llevó a una casa blanca, bella y antigua, con altas ventanas bordeadas de molduras y balconería de madera. Allí fue la primera vez que sintió el penetrante olor, cuando el médico espolvoreó penicilina en su herida. Desde ese momento los tropiezos, las caídas de bicicleta, los pelotazos en el rostro, el accidente que casi le costó un brazo para su matrimonio, el choque en que perdió a su primer hijo o cualquier situación demasiado riesgosa, disparaba desde el pasado ese olor intenso que se derramaba con realidad concreta, aunque solo él lo podía percibir.

Con los años el aroma a penicilina volvía con menos frecuencia; envejecía, ya no se arriesgaba, su vida era llana, suave, colmada de cuidados, de advertencias. En un momento el intenso olor solo fue un recuerdo, un curioso fenómeno que se había desvanecido no más en el tiempo; hasta el día que el cielo se puso rojo como un sueño y la gente que caminaba por la ciudad se agrupó curiosa a su alrededor y él se fue volando por la tarde, feliz con sus brazos abiertos.

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