Perfume, por Jacqueline Rodríguez

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Mi cartera en bandolera, al estrellarse contra el pavimento provoca un sonido seco, generado por el rápido movimiento que hice al agacharme. El corazón me late con violencia, mis manos están sudorosas.

Me di cuenta de que me siguen dos hombres. No llevan uniformes. Giré en esta calle para despistar y apurando el paso, más bien corriendo, me escondo entre dos vehículos estacionados. La adrenalina hace que no sienta el frío de mediados de Junio. Trato de controlar la respiración y recuerdo que debería estar uno de mis compañeros observando. «Para tu tranquilidad», me dijeron. La oscuridad me ayuda a pasar desapercibida. Calma, calma, calma, me digo, debo entregar el encargo.

Cuando ingresé a Ingeniería Química en la UTE, lo primero que dijeron en la familia fue: «uffff nido de izquierdistas». Esto fue en el año 1970, tiempos convulsos para el país. Mis padres y hermanos no tenían color político y a decir verdad, yo tampoco.

Los días viernes funcionaban peñas folclóricas en sus campus. Fue entretenido asistir y ver de cerca a cantantes y grupos musicales, algunos de ellos se hicieron famosos. En uno de esos viernes, se acercó a mi grupo, un compañero de otra promoción, dos o tres años mayor que nosotros. Me llamó la atención su ropa de buena factura, se sentó frente a mí y su perfume, penetrante, invadió mi cerebro. Me gustó de inmediato. Lamenté dejar de verle cuando se graduó.

Todas las conversaciones giraban en torno a la política imperante. Algunos militantes del partido socialista venían a hablarnos de un país más justo y equitativo. Poco a poco me fui interesando por el socialismo.

Y la música fue una excusa para reunirnos a conversar. Después alguien me diría que todos en la universidad pasan por tener su corazón socialista, pero luego al recibir su primer sueldo y pagar sus primeros impuestos, dejan de serlo.

Ya cursaba el cuarto año de la carrera cuando sobrevino el golpe militar. Los encuentros en la universidad se interrumpieron. Nos reuníamos donde podíamos y siempre en diferentes lugares. Ayudábamos a ubicar refugios momentáneos a personas que eran buscadas. Así transcurrieron varios meses en la clandestinidad. Muchos de nuestros compañeros ya no estaban. A falta de algunos de ellos, claves a la hora de actuar, me pidieron servir de correo. Tarea simple, pero no exenta de riesgos.

Transportar un sobre, sin nombre, sin dirección. Tienes que caminar segura, si notas que te siguen, cambia de ruta, es muy importante que este sobre llegue a su destino. Siempre te acompañará uno de nosotros, desde las sombras, para tu tranquilidad, me dijeron. La entrega debe ser rápida, no debes demorar más de tres minutos, sin preguntas y… sin mirar la cara de quien la recibe. ¿Está claro? Pascuala, ¿entendiste?

La dirección me la daban en el momento en que me entregaban el sobre. Debía memorizarla. Siete sobres, uno por mes. Nunca se repitió la dirección.

Escucho a mis acosadores llegar muy cerca de dónde me encuentro, resoplando y maldiciendo. «Esta mierda se tiene que haber metido en alguna de estas casas de doble puerta», alcanzo a oír. Respiro aliviada pero atenta a lo que pasa. Mis piernas empiezan a sufrir por la postura. “Vámonos, por hoy no podemos hacer mucho más”, escucho decir al que parece ser el jefe. Sujeto la cartera contra mi pecho, en ella está la carta número ocho.

Agazapada, espero el momento para salir y completar la misión. Falta muy poco para que inicie el toque de queda. Lentamente empiezo a moverme, asomo mi cabeza. Escucho. Nada se interpone para seguir. Camino casi media cuadra, doblo y estoy casi en la numeración. Al llegar, no alcanzo a tocar cuando la misma mujer que ha recibido los anteriores sobres ya está en la puerta, me toma de las manos y me invita a pasar. Yo me niego, recordando todas las recomendaciones, pero su insistencia y algo en su mirada y contraviniendo toda orden, acepto.

Entro en una casa antigua, de esas con las habitaciones alrededor del patio, tan chilena. Al ingresar en penumbras iluminada, solo por una pálida luz de estufa, diviso una silla de ruedas.

Al encender la luz mi anfitriona, veo sorprendida de quién se trata.

–Gracias por traer estas cartas –me dice una voz varonil, cansada, educada, respira con cierto grado de dificultad–. Todo este tiempo pude tener noticias de mi hija gracias a usted.

Pascuala está a punto de responder, cuando un sonido sordo de puertas derribadas da paso a hombres gritando: «¡Al fin te encontramos! ¡Al suelo todos o los matamos aquí mismo!». Al tirarse al suelo un aroma intenso, conocido, llega a su memoria. Levanta su rostro y su mirada se entrecruza con la de aquel sujeto de ropa de buena factura. Atónita, sin dar crédito a lo que ven sus ojos, baja la cabeza en el momento justo en que el tronar de armas semi automáticas invaden la sala. Al finalizar la balacera solo cuerpos inertes y un reguero de sangre marcan el inicio del toque de queda.

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