Relato Breve «Placentero café», Raúl Rojas (Taller On Line Creación Narrativa)

Placentero café

Raúl Rojas

Talca (Chile)

Relatos Taller Creación Narrativa

Lunes por la mañana y Eliana se prepara para iniciar una nueva semana de clases. Aunque este día era distinto a otros, necesitaba recuperar la energía y motivación para enfrentar a sus alumnos en la universidad. Su rostro estaba algo más luminoso. Con su característico gesto de subir la ceja derecha, sonrió frente al espejo y se dirigió a la cocina, a preparar su sagrado primer café.

Hace cuatro meses que había dejado a Julio, su pareja por más de siete años, con quién suponía, se casaría y tendría hijos. Ese era el plan, el de ella por lo menos, pero que, con el paso de los años, se esfumó, dando paso a una relación monótona en todo, incluido el sexo, el que cada vez era más lejano y por cumplir. Su vida era una constante y floja rutina. A sus 32 años, se comparaba con amigas de la misma edad que, incluso habían tenido un segundo hijo. Aunque también tenía otras, las que juraban después del tercer tequila margarita: que nunca se iban a enamorar.

Gracias a ellas, las de: ¡ya po’ weona, olvídalo!, comenzó a frecuentar los bares de moda, intentando, definitivamente, dar vuelta la página. Al principio, salían algunos viernes o sábados, y ya, para las últimas semanas, los viernes “y” sábados.

Eliana, mientras tomaba café en su tazón de: Weona, Tu Podí, pensaba satisfecha que, el capítulo con Julio ya lo había cerrado. Estaba en la mesa de la cocina americana, apoyando sus codos, permitiéndose sentir el tostado aroma matutino. Su mente viajó en el tiempo, dejándose llevar un instante, sin importar que pronto debía salir a la universidad. Su memoria le confirmaba que ella, sí era la mujer que recordaba ser. Una coqueta y deseable chica capaz de sentir libremente. Había redescubierto a Eliana.

Durante los últimos años, se había impuesto la idea que el placer intenso y desenfrenado era sólo cosa de jóvenes, con tal de aferrarse a “una relación estable”. Claramente estaba muy equivocada y mientras daba un sorbo a su café, sonreía mientras recordaba la prueba de eso.

El sábado anterior, sus fieles amigas, Cinthia y Alejandra, quienes se habían quedado en su departamento, después de la sagrada salida de viernes, propusieron que esa noche debía ser de cacería. Eliana, con una sonrisa complaciente, aceptó el plan, total, esta sería la quinta salida de cacería en el que ella, como de costumbre, se devolvería sola en Uber, mientras sus amigas ponían en práctica su estrategia de conquista. Esta consistía, básicamente, en bailar entre ellas, después de desinhibirse con unos cuantos “tequila margarita”. Eliana bromeaba diciéndoles que ellas no necesitaban nada para liberarse, ya que al final, ellas eran las presas a cazar.

Alrededor de la medianoche, y después de volver del baño, Cinthia y Alejandra ya estaban bailando. Eliana, quien no participaba del ritual, se fue al bar. Pidió un tercer Ramazzotti, total, sería el último antes de irse.

–Suave, por favor –dijo levantando su voz e inclinándose por sobre la barra. Cuando volvió a su posición, sintió desde su costado, la voz de un hombre… –¿suave?, un trago suave no significa, necesariamente, que tenga menos alcohol –. Eliana giró la cabeza para ver a su interlocutor. Era un hombre alto y delgado. Aun cuando llevaba una chaqueta de cuero negra, pudo ver, gracias a su polera slim fit, que tenía un cuerpo trabajado. Normalmente, después de este tipo de abordaje, pedía permiso, y se alejaba de los “habituales galanes”, pero esta vez se quedó. Conectó con una linda sonrisa y mirada expresiva (le encantaban los hombres que se reían con los ojos). Bueno, además de ver, por arriba del hombro de su acompañante, a sus amigas hacer gestos exagerados de aprobación.

Al ver que ella miraba detrás de él, se giró y vio a las efusivas compañeras. Le estiró su mano, en un gesto de saludo formal.

–Gerardo –dijo esbozando una sensual sonrisa –. Por lo menos, ya tengo la aprobación de tus amigas.

–Mi nombre es Cristina –acostumbraba a dar distintos nombres, cada vez que se lo preguntaban en el bar.

La siguiente media hora, conversaron gratamente. Gerardo, le contaba estar trabajando en un gran proyecto en el norte. Era un interesante ingeniero civil de 26 años. A Eliana no le importó que fuera menor. Esa noche, ella era Cristina, una reciente egresada de psicología. Siempre sacaba provecho al parecer más joven. En más de alguna oportunidad, le habían pedido demostrar su edad para entrar en algún local nocturno.

Si bien, la música del lugar estaba fuerte, no era necesario estar tan cerca para hablar ni menos aproximarse tanto al oído del otro. Eliana sentía la respiración de él cerca de su cuello, cada vez que le decía algo, generándole cosquilleos.

Al tomar conciencia que Gerardo le había pedido un Ramazzotti adicional, el cual ya había bebido hasta la mitad, decidió poner fin al momento.

–Creo que es hora de irme –dijo, esperando que Gerardo intentara retenerla. Pero él, después de observar que Cinthia y Alejandra no estaban, hizo un ademán con su mano, indicándole la salida.

–Te acompaño hasta la puerta. Tus amigas no están.

En la calle, se acercaron a un taxi. En un gesto atento, le abrió la puerta del vehículo y sin más, después que ella subiera, la cerró. Mientras daba su dirección al chofer, sintió abrir la puerta del otro costado del taxi. Gerardo se subió. Después de abrazarla y acercarse a su oído le dijo: –te acompaño hasta la puerta, la puerta de tu casa. No podría dejar que te fueras sola –y besó su mejilla. Eliana, se sintió protegida, agasajada. Devolvió el gesto con un efusivo beso en la boca.

El resto del viaje, no se dijeron nada. Sólo se besaron. De un momento, él pasó de tener la mano en su mejilla, hasta posarla tímidamente en la parte interior de su muslo. La movió lento, hasta sentir el calor de su entrepierna, a través del pantalón de jean. Aun cuando el asiento trasero del taxi estaba oscuro, los ojos del chofer, se colaban intrépidos por el espejo retrovisor. Su cuello no podía estirarse más.

Una vez en el edificio, subieron besándose en el ascensor. Eliana pensaba que debía ser culpa del alcohol, de ese medio trago de más, pero ¡qué importa, me lo merezco!, total este ingeniero, se irá al norte y no lo veré más.

En la puerta del departamento, Gerardo la abrazó por la espalda, mientras ella buscaba la llave. Besaba su cuello y decía: –me encanta tu olor Cristina –. Eliana sonreía.

–Cristina, mi compromiso de caballero, fue dejarte hasta acá, en la puerta.

–Perfecto. Dejemos al “caballero” acá entonces –contestó, jalándolo con ambas manos desde la chaqueta hacia el interior del departamento. Cerró la puerta tras de él.

Eliana, interrumpió sus pensamientos. Bebió otro sorbo de su café y recordó el Journaling que le recomendó su terapeuta. Tomó su libreta y escribió…

Lo besé efusivamente, mientras le sacaba la chaqueta. Nuestras lenguas hacían un baile esponjoso y húmedo, al ritmo de la agitada respiración de ambos. Tomé su mano y lo guie hasta el sillón, donde me senté sobre él con mis piernas abiertas. Continuábamos besándonos, frotando nuestros cuerpos. Sentía su erección.

Él, me sostenía desde la cintura, subiendo sus manos por debajo de mi chaqueta de mezclilla. Desde mis hombros, me la sacó hacia atrás, cayendo sobre la alfombra. En un movimiento coordinado, levanté mis brazos y Gerardo sacó mi polera. Acto seguido, le hice lo mismo.

Al departamento entraba un poco de luz a través de las cortinas, lo que permitía ver nuestras siluetas.

Él me besaba el cuello y con sus manos recorría mi espalda. Desabroché mi brasier, quedando sólo sostenido desde los tirantes. Gerardo, arrastró delicadamente sus manos desde mi cintura hacia arriba, tocando todo mi cuerpo, mientras yo, arqueaba mi espalda y cabeza hacia atrás. Sentía placer y jadeé lentamente. El encuentro de sus fuertes manos con mis pechos, fueron un suave bálsamo. Sentí como la punta de sus dedos masajeaban mis duros pezones. Con su movimiento de manos, mi brasier cayó, y él acercó su boca para besar mi pecho. Con los ojos cerrados, sentía como lamía mis pezones alternadamente.

De pronto, Gerardo se puso de pie, sosteniéndome desde los glúteos. Lo abracé fuertemente y mis piernas rodearon sus caderas. Caminó como si conociera el lugar, llevándome al dormitorio. Me posó suavemente en la cama, quedando sentada en la orilla. Continuó besándome. Recorrió mi boca, cuello, pechos y ombligo. Estiré mi espalda en la cama y él, con una de sus manos, desabrochó mis jeans y bajó la cremallera. Metió su mano por debajo de mi pantaleta y tocó con sus dedos mi húmeda entrepierna, masajeando suavemente. Su mano me quemaba y el calor me hizo sentir un orgasmo suave, exquisito. Con mis manos apretaba el cobertor. Después que me sintió gemir, sacó su mano. Se hincó a la orilla de la cama, entre mis piernas, y sacó mis botas. Empujé con ambas manos mi ropa interior y pantalón a la vez. Él jaló de ellos desde mis tobillos.

Cuando por fin quedé desnuda y sentada en la orilla de la cama, aprovechando que él estaba parado frente a mí, solté su cinturón. Bajé lentamente su pantalón, mientras besaba su ombligo. Pasé mi boca por encima de su ropa interior, sintiendo su sexo con mis labios. Con mis dientes, apreté suavemente, para sentir lo duro que estaba. Él exhaló placenteramente. Tiré hacia abajo su bóxer y en un acto reflejo, abrí mi boca y lo lamí. ¡¿Qué hice?! Empíricamente, me carga hacer eso. No entiendo por qué de mi impulso ni menos cómo lo disfruté.

Él, intentó no interrumpirme, mientras se subía a la cama. Cuando se alejó lo suficiente y no podía seguir dándole placer con mi boca, continué masturbándolo lentamente. Con sus manos en mis hombros, me echó para atrás. Quedé con mi espalda estirada sobre la cama. Se recostó a mi lado, quedando con su cabeza a la altura de mi pelvis. Sin darme cuenta, me tomó con sus fuertes brazos y me puso sobre él. Paralelamente, mientras continuaba lamiendo y succionándolo, él, con sus dedos y lengua, masajeó y absorbió mi clítoris. Sentí un intenso y caliente placer.

No puedo creer lo que hice. Nunca había hecho algo así, ¡lo gocé!

Inevitablemente interrumpí mi parte del acto, para erguir mi espalda. Él intensificó sus besos. Sentí un estremecimiento que recorrió mi cuerpo. No era de orgasmo fácil, pero este desconocido, ya me había hecho llegar por segunda vez.

Salí de mi posición, me giré y lo besé, sintiendo la acidez de su boca, lo que, en vez de incomodarme, extrañamente, disfruté.

Gerardo, estiró su mano hasta sus pantalones en el suelo. Extrajo un pequeño sobre plateado. En esos escasos segundos de pausa, mientras sacaba el preservativo, pensaba que, a esa altura, no podía echarle la culpa al alcohol. Estaba completamente drogada, pero de placer.

Cuando estuvo listo, lo monté, permitiéndole estar dentro de mí. Lo que vino después, fue una continuación de destellos. Los primeros instantes, fueron de un lento y profundo movimiento. De pronto, una descarga envolvió mi cabeza, haciéndome sentir una suave electricidad por la nuca, bajando y recorriendo el resto de mi cuerpo. Gemí libremente, mientras él besaba mis pechos. Cuando la tensión recorría mi espalda, él aceleró sus movimientos, haciéndolos cada vez más bruscos. Exhalábamos agitadamente. Se suponía que, para mí, el sexo era sólo delicado y suave, a eso me había acostumbrado, pero esta vez quería que me siguiera embistiendo con fuerza desde abajo, haciéndome brincar sobre él.

Enderecé mi espalda y puse mis manos sobre sus hombros. Después de masajear mis pechos, me afirmó desde las caderas, esperando mi última explosión, la que fue junto a él. Hizo un sonido desde su garganta hasta soltar un quejido. Hicimos un gemido al unísono. Apreté tanto mis ojos, que logré ver estrellas.

Extasiada, me posé sobre él. Nuestros cuerpos estaban tan húmedos que expelíamos vapor, el que se veía en contraste de la tenue luz que entraba desde la ventana.

El celular de Eliana comenzó a vibrar sobre la mesa, trayéndola de golpe al presente, soltando el lápiz. El vaho de su café, ya no era tan intenso y ella sonrojada por sus recientes recuerdos, veía que su teléfono avisaba la última alarma para alcanzar a llegar a tiempo a la universidad.

Antes de entrar a clases, como parte de un sagrado ritual, pasó por el casino a comprar un cappuccino. Después de recibirlo, acomodó su cartera y carpetas, para girar e irse rápidamente a la sala de clases. No pudo si quiera, dar un paso. Un alto joven, vestido como un normal chico universitario y con cuadernos bajo su brazo, la interrumpió diciendo: –Hola Cristina… ¿entonces, también estudias acá?

Su cappuccino, explotó en el suelo.

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