Relato Breve «Placer Salvaje», Eduardo Jara (Taller On Line Creación Narrativa)

Placer Salvaje

Eduardo Jara

Arica (Chile)

Relatos Taller Creación Narrativa

La mujer miró furtivamente el reflejo del entorno en un ventanal de una vidriera. No vio a nadie, pero su instinto le decía que su perseguidor estaba cerca. Siguió su camino rumbo a la seguridad de su casa. Las nubes se despejaron dejando ver una rojiza luna llena. Un cercano aullido erizó su piel; ¿la criatura está tan cerca? Recogió su larga falda y avanzó casi corriendo. Dobló por un estrecho callejón adoquinado para despistar a su perseguidor. Desembocó en una calle secundaria que conocía bien. Creyó escuchar cerca un bufido. Cruzó un sitio eriazo plagado de  escombros y cartones. Casi llegaba a su hogar, casi estaba a salvo… casi.

Sorpresivamente una garra peluda le tapó la boca y recibió un fuerte empujón que la lanzó al piso. Distinguió la figura de una bestia con forma de hombre que con sus zarpas le desgarró las ropas dejando sus firmes y blancos pechos al desnudo.

Unos metros más allá, bajo un montón de cartones, una mendiga observaba la escena intentando no hacer ruido. Desde su escondite pudo verlo todo.

El monstruo la volteó bruscamente y sintió su pelaje en su espalda al tiempo que sus grandes y fuertes manos la aprisionaron quedando a merced de su atacante. Fue inútil resistirse y decidió dejarse llevar por el dolor y el placer. La  escena le hizo recordar antiguas fantasías de juventud. Era muy agradable sentir las garras arañando su piel y escuchar el jadeo de excitación cerca de su nuca mientras la criatura le estimulaba de forma brusca sus duros pezones. Se sorprendió de sentir un temblor interno y como comenzaba a correr entre sus piernas, un líquido transparente que manaba tibiamente de su vulva.  Comenzó a jadear de gozo.

Bajo los cartones, la mendiga era testigo de esa inusual escena. Fascinada, no pudo dejar de mirarlos: sus pupilas se dilataron, se sonrojó, comenzó a sentir una agradable tibieza en todo su cuerpo, bajó lentamente la mano y comenzó a acariciarse el delta de venus en procura de placer silencioso.

La bestia entonces liberó el ariete de virilidad, pletórico de sangre febril, con el cual procedió a espolonear repetidas veces la húmeda oquedad de su víctima.

La mujer se sintió profundamente penetrada, cerró los ojos y se entregó al placer salvaje.

Estaba en un lugar público; dejó de importarle. Estaba a merced de una bestia lujuriosa; tampoco le importaba. Lo único que la motivaba ahora era aprovechar el momento para explorar los límites de su erotismo. Las embestidas eran cada vez más rápidas y enérgicas; su placer aumentaba momento a momento.

La mendiga bajo los cartones más se encendía con el creciente concierto de jadeos, gemidos y aullidos de placer. Hizo coincidir su autoestimulación con el ritmo de la cópula que observaba desde su escondite.

La explosión orgásmica fue simultánea; entonces, los amantes se desplomaron  exánimes atravesados por las oleadas de la petite mort.

A pocos metros, bajo unos cartones, la mendiga voyerista se convulsionaba en su propio clímax.

—Estuviste magnífico.

El hombre se sacó la máscara.

—Última vez que te hago caso con esto de disfrazarnos para tus juegos eróticos. Apenas podía respirar.

—Mi querido, sabes que siempre haces lo que te pido.

—Abusas porque sabes que te amo.

—Lo sé ¡Facunda, sal de tu escondite!

La sirvienta salió de debajo del montón de cartones, aún sonrojada y con resabios de excitación. Se quitó los falsos harapos.

—Aquí estoy, señora. —  Le extendió un bolso a su patrona y agregó —Aquí está el abrigo que me pidió.

—Gracias, lo has hecho muy bien.

—Muchas gracias, señora. Con su permiso, me retiro. Buenas noches. — La joven mujer sonrió con levedad y se retiró de forma grácil.

La mujer cubrió su cuerpo semidesnudo con el grueso abrigo. El hombre sonrió y comentó:

—Tuvimos suerte de contratar a Facunda.

—Sí, querido, no sería lo mismo sin ella. — se fueron del lugar tiernamente abrazados.

De otro montón de cartones, emergió un hombre barbudo y desaliñado que no se había dejado ver hasta el momento, quien después de tomar un sorbo de alcohol barato exclamó:

—Malditos ricos excéntricos.

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