Tacna sangrienta, por Eduardo Jara

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Habían pasado solo veinticuatro horas desde la sangrienta batalla del Campo de la Alianza y de los desagradables incidentes posteriores en Tacna, provocados por algunos soldados enemigos embriagados.

Precisamente, debido a esto último es que el capitán de caballería chileno Francisco Muñoz Bezanilla, estaba en la terraza del jardín interior de la gran casona de la dama arequipeña avecindada en Tacna, doña Luisa de Zúñiga Dávila Salazar y Córdoba. Allí, rodeados de fragantes buganvilias, conversaban civilizadamente como si sus respectivos países no estuvieran en guerra.

—Doña Luisa, lamento profundamente los destrozos que algunos soldados chilenos juerguistas causaron en el barrio la noche pasada.

—Capitán, a los peruanos nos ha tocado vivir como país una terrible jornada. Nuestra alma patria está herida. Para agravar la situación, los desmanes provocados por sus soldados son imperdonables.

—En nombre del Ejército de Chile, le solicitamos las más sinceras disculpas por el daño y alboroto por el que tuvo que pasar usted anoche. Como prueba de ello, nosotros reconstruiremos su puerta de entrada y pagaremos los daños causados.

—Me alegra escuchar sus disculpas; le agradezco el gesto. Ha sido muy amable en venir a hacerse responsable por los excesos de su soldadesca.

—Era lo mínimo que debemos hacer después de hechos tan deplorables. Afortunadamente, en su caso los daños fueron solo materiales. Hubo otras situaciones en que lamentablemente, la honra de algunas señoritas no resultó indemne.

Doña Luisa tenía más que claro que si su naturaleza no fuera la de una hija de la noche, las cosas hubieran terminado peor de lo que fueron. ¿Por qué no se quedó en su casona de Arequipa? ¿Por qué corrió el riesgo de venir a su casa de Tacna?

La respuesta era simple: estaba en una búsqueda personal de un digno amante de sangre; alguien que la acompañe para siempre en la maldición de la inmortalidad.

No había encontrado al adecuado en las filas del ejército apostado en Arequipa. Recordó que cuando habló con el coronel Segundo Leiva, ante una pregunta «casual» de por qué no marchaban a unirse con el otro ejército del sur para defender Tacna y Arica. Los labios de Leiva dijeron: «No estamos listos, faltan pertrechos y entrenamiento», pero su mente estaba pensando otra cosa: «Piérola ordenó que no avanzara». La subyacente bajeza la decepcionó. Si bien no le encontraba mucho sentido al patriotismo y a la guerra, la cobardía y la traición le repugnaban. Añoraba la época de la colonia. Eran tiempos más simples. Definitivamente los hombres de hoy no eran como hace doscientos años.

Su mente luego la llevó al aciago día previo, un día que quedaría grabado en el dolor.

Recordó cuando unas horas antes, se confirmó que las tropas aliadas huyeron, que habían perdido. Cundió la desazón y el miedo entre la población. ¿Qué sería de ellos? Sus sirvientes entraban y salían con noticias y rumores, como cuando le comunicaron que la gente decía que la soldadesca chilena eran unos bárbaros, que arrasaban y violaban, que eran unos demonios con apariencia humana. Ella no pudo evitar sonreír al pensar que si llegaban acá con intenciones destructivas, conocerían a una verdadera demonia de la noche.

La brisa del atardecer le había traído, desde el Campo de batalla, que quedaba al otro lado del cerro Intiorko, el olor de la pólvora y en especial el olor de la sangre de los caídos.

Llevaba varios días sin alimentarse, ese olor de sabrosa dulzura, percibido con sus sentidos aguzados, despertó en ella, el ansia de sangre humana. Apenas pudo controlarse para evitar caer en el frenesí de la sangre.  Si hubiera perdido el control habría atacado al humano más cercano. Pero si sucedía aquello, según los mandamientos vampíricos, la orden era indudable; a los humanos que descubran el secreto de la naturaleza de los condenados debían ser destruidos sin dilación alguna. Afortunadamente, pudo frenar su instinto. No quería tener que matar a todos sus sirvientes por no haber podido controlarse un poco.

Grupos de soldados enemigos alcoholizados pulularon por las calles produciendo desmanes y tropelías abyectas. Un grupo de ellos comenzó a intentar romper el portón de entrada de la casona donde estaban.

Era evidente que no había servido el izar la bandera de España. Al parecer, las hordas bárbaras no respetaban nada.

Ordenó a sus asustados sirvientes que fueran a esconderse a un sótano, y que no salieran hasta que ella  se los ordenara.

Faltaba que anocheciera y doña Luisa aún no se sentía lo suficientemente fuerte para enfrentar a más de un humano por vez.

Quedó sola en el salón. Se sentó en un mullido sillón y apreció desde el ventanal como el sol comenzaba a acercarse al horizonte. Faltaba tan poco. ¿Sería suficiente?

Escuchó como la puerta principal fue destrozada. Pronto, pasos apresurados se dirigieron hasta ella. La puerta del salón fue abierta con fuerza; cuatro hombres corpulentos, vestidos con uniformes enemigos, portando fusiles en una mano y botellas de aguardiente en la otra, se sorprendieron de ver a una dama aristocrática, sentada tranquilamente esperándolos.

Ella les sonrío; los invitó a sentarse y ponerse cómodos. Evidentemente esa reacción, tan calmada y amable, los desconcertó. Uno murmuró que parecía una trampa; otro dijo que quizás era una emboscada; se pusieron a la defensiva explorando la zona.

Doña Luisa advirtió que el sol comenzaba a tocar el horizonte. Aún era pronto; necesitaba más tiempo. Entonces les dijo que se relajaran, que ella estaba muy feliz de tenerlos como visita, ya que todas las peruanas tenían la esperanza de estar con un chileno.

La situación era tan surreal que los hombres estaban confundidos de cómo reaccionar, salvo uno, el más mal agestado. Parecía el líder. Éste sonrió y, con una lengua torpe, balbuceó lascivamente que ahora tendría la oportunidad de estar no con uno, sino con cuatro chilenos esta noche.

Doña Luisa se levantó y sugirió que quizás querían comer algo antes de proseguir la velada. El hombretón la tomó del brazo con fuerza, la atrajo hacia sí y le dijo que la comida podía esperar para más tarde.

 Las sombras inundaron la habitación. Por fin, el sol se había escondido. La silueta de Luisa de Zúñiga Dávila Salazar y Córdoba quedó a contraluz del ventanal que daba al exterior. Los intrusos vieron como los ojos de la mujer se volvieron rojos, las manos se alargaron en garras y sonrió con unos afilados colmillos. No alcanzaron a reaccionar ni detener la danza de la muerte que ella desplegaba tan grácilmente.

Los cuerpos de tres de ellos yacieron con las gargantas cercenadas por sus garras; en tanto que al cuarto, lo drenó hasta matarlo. Después de todo, ya necesitaba alimentarse.

La agradable voz del capitán la trajo de vuelta de sus recuerdos.

—Si me permite la indiscreción doña Luisa, ¿cómo fue que pudo salvarse del ataque de anoche?

—No le mentiré capitán, solo fue suerte. Los alcoholizados soldados chilenos se mataron entre ellos, mientras peleaban por ver quién era el primero en deshonrar mi cuerpo.

—Entiendo, fue la divina providencia quien la protegió.

—Afortunadamente así es. ¿Capitán, usted sería tan amable de acompañarme en un antiguo rito quechua por la paz?

—Por supuesto, sería un honor. Todo sea por la paz de nuestros pueblos.

Doña Luisa de Zúñiga hizo traer dos copas de vino: una para el chileno y otra para ella. Con un estilete, se punzó el dedo y dejó caer unas gotas en la copa del chileno. Le pidió la mano al capitán; él confiadamente se la dio. Repitió el procedimiento en la mano de él y vertió algunas gotas en su propia copa. Luego la dama de alcurnia recitó las arcanas palabras:

Niaj yawar ligiĝu por ĉiam, niaj destinoj kuniĝu. Ahora bebamos por la paz.

—Salud, doña Luisa ¡Por la paz!

Ambos bebieron el vino mezclado con sangre. El capitán chileno Francisco Muñoz Bezanilla no estaba consciente de que había realizado un eterno ritual de Lazo de Sangre con una antigua vampira.

Así, dos hijos de países hermanos que estaban en una dolorosa disputa, pudieron conversar gratamente por horas de diversos temas.

Era definitivo, Luisa de Zúñiga Dávila Salazar y Córdoba, había encontrado por fin, a su nuevo amante de sangre.

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