Un cuadro sin imagen, por Felipe Benavides

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Estoy aquí escribiendo esto, mientras miro por la ventana hacia esa vereda,  tratando de recordar la última vez que vi ese cuadro. A ver si recordando los hechos que te involucraron, puedo intentar hacerlo.

Me acuerdo de la primera vez que te conocí. Cuando me mudé a Santiago a este depa, te vi en esa vereda del frente luciendo esos ropajes gastados y esa mirada perdida, gritabas palabras que nadie entendía, cantabas y bailabas canciones que solo tú escuchabas. Las personas que circulaban  preferían cruzar a la otra vereda a encontrarse contigo frente a frente. Yo hacía lo mismo: cruzaba la calle, evitaba verte y escucharte a través de audífonos que me regalaban música más armoniosa.

Bueno, tú tampoco me conociste mucho, pero te contaré algo de mí para que sepas lo que yo era. Me vine a Santiago a estudiar Arte a la Chile porque me consideraba alguien que se conmovía con las cosas hermosas de la vida. Mi corazón se revolvía con las obras de Van Gogh, se emocionaba con el estilo de Picasso y vibraba con los colores de Dalí.  No te vayas a burlar, pero siempre lloraba por alguno de esos cuadros, es que la belleza sublime me conmovía demasiado.

Recuerdo  que muchas noches cuando salía de mi edificio hacia Bellavista, tú me gritabas con esa voz rasposa que tanto detestaba,  me vociferabas algo que no lograba entender, eran balbuceos que me molestaban, que invadían mis oídos, y me los quitaba subiéndole el volumen a mis audífonos. La música hacía que tus gritos fuesen más melodiosos.

Con mis amigos, además de hablar de la belleza de las obras de nuestros grandes artistas, me quejaba de ti, de ese andrajoso que vivía entre cajas de cartón. Quiero ser sincero contigo, les decía que me dabas asco, refunfuñaba diciendo que cómo se permitía tener a personas como tú vagando por las calles de la capital arruinando la belleza de esta ciudad con sus edificios modernos, y sus construcciones coloniales.

Pero una noche todo cambió, seguías gritándome en balbuceos incomprensibles, y como siempre aumenté el volumen de mis audífonos, pero tus gritos se sobreponían a las canciones. Quería darte un puñetazo para que te callaras y te fueras de ahí, me dirigí hacia tí pensando en eso, tú te pusiste de pie.  Esa idea se esfumó cuando vi tu rostro compungido y que me hacías señas con tus manos para que corriera, pero fue tarde, mis audífonos y mi celular me fueron arrebatados con un puñetazo en la nariz, gritos y un par de golpes en las costillas. Yo estaba en el suelo, y tú te quedaste ahí mirándome con una expresión de tristeza.

La siguiente noche, no quise salir, por primera vez sentí temor de que me pasara lo mismo, me estaba dando miedo Santiago, lo estaba conociendo de verdad. Miré hacia la ventana y seguías ahí sentado con tu perrito abrazado y con tus cajas de cartón protectoras, intentabas dormir, pero estoy seguro que no podías. Pensé en salir para darte las gracias, pensé en invitarte a mi depa a comer algo, pero no lo hice, me avergüenzo, quizás las cosas hubieran sido distintas. Me acosté, pero no dormí bien por tu culpa, por mi culpa sobre todo.

Unos gritos me inquietaron, me levanté, y me dirigí a la ventana que daba hacia esa misma vereda y pude ver su origen. Dios, como gritabas por cada puñalada que te arrebataba la vida. Los cartones no te protegieron, tu perro fue arrojado lejos a patadas, el frío de esa noche no te protegió, la calle no te protegió, nadie te protegió. Yo seguí mirando desde mi ventana ese horrible cuadro de muerte. Un cuadro vivo, no pude gritar como tú lo hiciste por mí, tampoco derramé lágrimas. Mi cuerpo se quedó congelado.

Seguí mirándote hasta que llegó el amanecer  junto con un grupo de curiosos espantados y luego con la llegada de carabineros para verificar la identidad de aquel cadáver. Desde ese momento, dejé de llorar  por otros cuadros insípidos.  Tú te encargaste de eso.

Todos los días desde que me levanto hasta que me acuesto, sigo mirando esa vereda vacía, pero no veo nada, no veo cartones, no veo perritos, no veo a nadie gritando ni cantando canciones imaginarias. No hay nada, excepto por algunas personas caminando rápidamente de un lado al otro y viceversa, pero yo sigo aquí intentando encontrar las lágrimas que me robaste recordando un cuadro que ya no existe.

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