Un encuentro casual, por Mariana Ampuero

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“La mejor manera de librarme
de la tentación es caer en ella”

Óscar Wilde

Era verano y paseaba por el sendero que bordeaba el lago. Por un recodo del camino, se acercaba un hombre; al pasar, sonrió, saludándome. No lo conocía, pero no me extrañó, porque la gente de esos alrededores es amable con todos. Respondí y continué sin darle mayor importancia.

Un poco más adelante, decidí recostarme en el pasto, bajo la sombra de un árbol y disfrutar del bucólico paisaje y la leve brisa estival.

Al cabo de unos minutos, el hombre regresó y después de un “hola”, se sentó junto a mí. Era alto, de unos 45 años, moreno, atlético. Lo más interesante de todo, es que no me sentí intimidada por su presencia, tenía la impresión que así tenía que ser.

– Soy Fernando – dijo, tendiéndome su mano – gusto en conocerte.
– Pamela – respondí, dándole la diestra – mucho gusto.
– ¿De dónde eres? No te había visto por estos lados – preguntó, sonriendo.
– Del sur, de Chile Chico. Primera vez que vengo por acá. Este es un precioso lugar.
– Y tú lo realzas – dijo, envolviéndome con su voz profunda y mirada intensa, que me llenó de inquietud. Hablamos de nuestros trabajos, viajes, familia, intereses personales.

En un momento en que guardamos silencio, me levanté y entré al agua subiendo el vestido para evitar que se mojara. Él, fue tras de mí y comenzó a lanzarme agua con las manos, juego que seguí entretenida, sin preocuparme por la ropa que comenzaba a empaparse, ciñéndose al cuerpo, delatando mis formas. Bajo su camisa, se percibía un torso musculoso. En medio del juego, un roce de manos y la sensación de electricidad recorriéndome entera, que se acentuaba cada vez que nos tocábamos.

El agua enfriaba nuestras piernas, pero encendía el deseo. Apenas salidos del lago, con una mano ciñó mi cintura, acercándome a su cuerpo; levantando mi barbilla con la otra, besándome muy suave, para luego, mordisquear mis labios; después, su lengua, golosa, hurgaba en mi boca jugueteando con la mía.

Sentía cómo el calor subía por mi cuerpo, los latidos se aceleraban, los pezones se endurecían y el cosquilleo en mi entrepierna, iba en aumento a medida que me apretaba y sentía su miembro firme y tenso, rozándome.

Mientras nos acomodábamos a la sombra del árbol, él me quitaba el vestido y yo desabrochaba su camisa.

Con sus manos y boca, recorría cada centímetro de mi cuerpo: el cuello, la nuca, los lóbulos de las orejas, los pechos, los dedos de las manos, las palmas, los dedos y plantas de los pies, el ombligo, el sexo, los muslos, la espalda, las nalgas, haciéndome vibrar y gemir de voluptuoso placer y respondiéndole de igual forma, dibujando con mi lengua y besos suaves y tiernos por momentos, más salvajes en otros, su cuerpo, mientras mis manos se enredaban en su pelo, acariciaban su torso velludo, la espalda, para, más tarde, bajar hasta sus nalgas y empujarlo hacia mí, consumando ese delicioso, sensual y apasionado encuentro.

Después, solo la respiración entrecortada y los cuerpos mojados recibiendo los rayos del sol, atenuados por las ramas del sauce llorón. Apoyé la cabeza en su pecho, cruzó la pierna derecha sobre las mías y así, abrazados, permanecimos, no sé, cuánto tiempo, horas quizá.

¿Nos habrá visto alguien? ¡Quién sabe! No nos importó, ni siquiera lo mencionamos y tal como había sido todo, sin hablarlo ni premeditarlo, nos pusimos de pie, nos vestimos; tomándonos las manos, nos miramos, volvimos a besarnos.

– ¿Nos veremos antes que te vayas? – preguntó, anhelante.
– Me encantó este lugar, podría venir todos los días – respondí, coqueta.

Un último beso y cada uno siguió su camino, sin voltear la cabeza.

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