El vestido verde

Carmen Sarue

El Tabo

Cuando llegaron los curas y los soldados europeos a nuestra isla de Tahiti, se escandalizaron de la desnudez, del mal olor y del pelo sin ver peineta. De nuestro canibalismo y ceremonias sagradas. De que nos reuniéramos alrededor del fuego para espantar los mosquitos.  De que uniéramos nuestros cuerpos en libertad para la sobrevivencia de la especie en la isla de “los hombres”.

Nos dieron un saco de harina, con hoyos para pasar los brazos. ¡La desnudez quedó a salvo!

Con el tiempo los sacos de harina o de papas se han convertido en nuestra identidad. Los vestidos de todos los colores son hoy nuestro orgullo y parte de nuestra belleza femenina. Cada una su color.

El mío es el verde.

Mi perfume, una flor de “tiare”. Chalas con los dedos en libertad.

Estos amplios vestidos dejan entrar el aire y acarician sensualmente el cuerpo. No hay moda. No me importa. Si hace frío me pongo un pantalón y el vestido. Si hace más frío me pongo un pantalón, un chaleco y el vestido. Menos mal a treinta y cinco grados casi todo el año, no hay problema.

Parecemos un ramillete de flores perfumadas. Así lo pintó Gauguin, ese blanco famélico y enfermo que vivió por aquí sus mejores años. En esta isla aprendió algo de humanidad.

Las europeas andan con ropa apretada pero sexy, dicen. Y con esta temperatura el rímel se les escurre por la cara. Se mezcla con su olor picante a perfume barato. Pobrecitas, digo yo. No se adaptan tan fácil. Necesitan muchas cosas para su felicidad. No puede faltarles el vino y otras porquerías.

Yo vivo con mi familia. Todos, desde el más chico al más viejo. Aquel que regresó de la guerra y que de tanto horror compartido sigue mudo.

Algunos traen plata, otros van a pescar, otros cuidan los niños y los viejos. Cada uno su rol. Nunca nadie estará solo.

Yo soy la profe, pero aprendo junto a ellos la vida, el compartir, lo simple y lo importante.

-¿No tiene niños? – me preguntan.

-Sí, claro. Pero son grandes –respondo.

-¡Ah! ¿No quiere uno? ¿O dos? Una mujer no puede estar sola.

Los niños son la bendición. Aquí todos ayudamos a criarlos.  Tienen dos madres, dos padres, tíos y muchos abuelos. La familia, el clan, antiguamente la tribu. Esquema prohibido y censurado.

La lengua en susurro, en canto al atardecer. Invocamos a los ausentes. Arreglamos los problemas y los conflictos.

– ¿No quiere venir? No esté tan solita- me dicen.

-Sí, claro. Ya voy.

Me pongo mi vestido verde. El sombrero de paja y la flor de tiare. Cantamos todos sentados en círculos en el suelo. Las voces se cruzan y el perfume de las flores nos envuelve. En el cielo, los colores van desde lo más claro de pasteles, pasan a lo fucsia del rosa y luego al anaranjado para terminar en el obscuro de la noche.

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