Vientos de Sangre, por Jorge Fernández

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El sol se había ocultado aproximadamente hace una hora según sus cálculos. Su espalda firme junto al tronco de un árbol ya comenzaba a dolerle. Miró hacia el frente y vio a sus compañeros de armas con quienes tan sólo unos días atrás había estado compartiendo junto a una fogata. Ahora todo era distinto. Cerró los ojos y esperó…

7 horas antes…

El soldado León Torres no podía creer que se encontraran en aquella situación. Su fusil apuntaba hacia compatriotas desarmados. Pero ahí estaba. Solo a la espera de la señal de fuego, que rogaba no ocurriera. Sin embargo algo en su interior le hacia presagiar lo peor. Quizás ese algo fuera el ver llegar al general del ejército Roberto Silva Renard, que acababa de aparecer montado sobre su caballo de blanco pelaje. Había avanzado cabalgando muy lento por entre las unidades de uniformados. Un silencio absoluto se había apoderado del lugar, al punto que por unos cuantos segundos, sólo se habían escuchado los cascos del animal chocar con la tierra.

Al observar por un breve instante el rostro del General, León pudo distinguir el fiel reflejo de la seriedad y concentración… y también de la frialdad absoluta. Una mala señal.

León comprendió que quería salir de ese lugar. Pero dar media vuelta y huir, significaba la traición y muerte segura. Entonces ¿tendría que matar inocentes si se lo ordenaban? No se había enlistado en el ejército de Chile para tener que combatir contra su propio pueblo. No señor, no tenía sentido. Él había entrado porque se sentía orgulloso del Ejército. Los soldados de la Guerra del Pacífico eran su inspiración, sobre todo los héroes de La Concepción. Por eso estaba feliz de pertenecer a esta institución. Pero lo que estaba ocurriendo ahora era muy distinto. Pretendían disparar contra civiles inocentes. Compatriotas. Y peor aún, en la escuela también se encontraban mujeres y niños, ¿acaso les ordenarían disparar contra ellos también?

Al mirar a la distancia, a unos cuantos metros detrás de los dirigentes, un rostro le pareció familiar. Supo al instante que conocía a aquel hombre, pero ¿de dónde? Buscó entre sus recuerdos hasta que una visión vino a él. Tres días antes lo había conocido en la casa de sus padres. Fue solo de pasada. Aprovechando el permiso otorgado unas horas, fue a cenar con ellos y cuando se despedía para marchar rumbo al campamento, el hombre llegó con su esposa e hijo. Habían bajado de la pampa, según dijeron. Eran amigos de su padre y por la forma en que todos se habían saludado, comprendió que se trataba de una fuerte amistad. Y ahora ese hombre estaba ahí, en la línea de fuego.

León quiso tragar y sintió que la saliva no pasaba por su garganta. Miró sus manos sobre el fusil. Un leve temblor comenzaba a apoderarse de ellas. El quepis protegía su cara del inclemente sol, pero aun así, varias gotas de sudor ya comenzaban a caer por su rostro. De reojo vio que el General había detenido su caballo frente al Coronel Ledesma que ya salía de la escuela. Minutos antes había entrado a dialogar con los Dirigentes.

—Y… ¿Cuál es la respuesta?

Ledesma se cuadró frente a su superior y respondió al instante.

—No hay caso mi General. Los dirigentes señalan que se quedarán en la escuela hasta que se acceda a sus demandas.

            Manuel Venegas veía con impaciencia lo que ocurría fuera de la escuela. Pero no podía oír lo que el Coronel Ledesma hablaba con aquel General montado a caballo. No entendía cómo podían dar tantas vueltas a sus peticiones. No eran grandes demandas, si tan sólo querían que les mejoraran su jornal y que les permitieran utilizar las fichas en otras pulperías. Pedían algo básico, en el fondo, mayor dignidad. Pero ya llevaban días esperando una respuesta y ahora al ver llegar a ese General, tenían Fe de que serían escuchados.

            Manuel vio que a la distancia el General lanzaba un escupitajo al suelo. Tomó las riendas de su caballo y avanzó unos metros hacia la entrada del recinto escolar. Miró hacia donde se encontraban los dirigentes. Pasó su manga por la frente, secándose así el sudor. Luego habló en voz alta:

—¡No sirve de nada toda esta comedia que han armado! ¡Para qué inventan toda esa miseria de la que hablan! ¡Son unos ignorantes! ¡Unos traidores! ¡Deben abandonar este lugar! ¡Si ustedes no deponen su actitud, nosotros vamos a actuar con la fuerza que nos impone la ley!

Manuel no pudo creer lo que oía. Su esperanza acababa de borrarse de un tirón. De pronto sintió que alguien posaba una mano en su hombro, pidiendo permiso. Cuando pasó caminando por su lado, se dio cuenta que se trataba del «Rucio», que avanzó por entre la multitud hasta quedar en primera fila. Entonces se detuvo y sin temor abrió su camisa, mostrando el pecho al General, mientras gritaba:

—¡Usted no entiende General! ¡Seguiremos aquí… cueste lo que cueste! ¡Si nos quiere amenazar, aquí estoy yo! ¡Dispárele a este obrero al corazón!

Manuel sintió un nudo en la garganta cuando se dio cuenta que el General desenfundaba su arma con rabia, para luego dispararle al Rucio que cayó de espaldas al suelo y no se movió más. Al instante los gritos y el descontrol se apoderaron del lugar ¿De verdad estaba ocurriendo esto? Si tan sólo tres días antes había estado en casa de su amigo, disfrutando una bella velada junto a las familias de ambos. Esperanzado en que lograrían por fin un trato por parte de las oficinas salitreras. Y ahora todo se derrumbaba. Debía salir de aquel lugar. Su instinto le decía que se avecinaba una tragedia.

León suplicó en silencio que el General quedara satisfecho con la muerte de aquel obrero. Pero supo que la suerte estaba echada cuando vio que Silva Renard levantaba su brazo. Todos los soldados afirmaron con fuerza su fusil porque sabían lo que esa señal significaba.

Segundos después el General bajó el brazo en forma violenta. Acababa de dar la orden de fuego. Al instante el piquete del O’Higgins hizo su primera descarga hacia la azotea de la escuela. León alcanzó a ver que ahí se encontraba una treintena de dirigentes del Comité Central, rodeados de banderas y estandartes. Varios de ellos cayeron sobre el tumulto de obreros, quienes ya comenzaban a correr despavoridos hacia el interior de la escuela. Algunas banderas chilenas flotaron unos segundos en el aire para luego posarse sobre los cuerpos inertes.

León debía obedecer, así lo habían adoctrinado. Pero algo se debatía en su interior. Al mirar hacia delante vio con horror que se había desatado un infierno. Muchos obreros, con el cigarrillo humeante en sus labios, caían acribillados por los tiros de las ametralladoras. Cuando éstas cesaron, siguieron las descargas de los fusileros, que ya entraban a la escuela. Avanzó con ellos, con el fusil en sus manos, pero le era imposible disparar. Corría con lágrimas que nublaban su vista. Por su lado pasaban sus compañeros como poseídos, gritando y disparando.

            Manuel Venegas corrió como alma que se la lleva el viento. Intentaba como fuera esquivar las balas. A su lado caían compañeros como una torre de naipes. Su corazón pronto se le saldría por la boca. Una bala se incrustó en una pared de madera a centímetros de su rostro. Algunas astillas se clavaron en su pómulo izquierdo. Se lanzó al suelo y se arrastró por uno de los pasillos que daban a las salas. El lugar se había inundado de gritos desgarradores. Gritos que tan sólo minutos antes aclamaban ¡Viva Chile!

            Sólo pensaba en llegar donde su esposa y su hijo. Trató de recordar el número de la sala en que se habían quedado. ¿Era la diecinueve o veintinueve? Maldita memoria. Cuando se sintió resguardado de las balas, se levantó y corrió por otro pasillo. ¡La veintinueve! Lo había recordado de pronto. Su respiración era cada vez más agitada. Sentía que en cualquier momento una bala se incrustaría en su espalda. Entonces vio a su hijo, llorando, abrazado a su madre.

            León avanzaba a paso lento. No supo cómo llegó al interior de una de las salas. Se secó las lágrimas y pudo ver a una mujer. En sus brazos cargaba un niño y junto a ellos, el obrero que conociera días atrás. El horror y desesperación de sus rostros jamás lo olvidaría. León llevó su índice a los labios en el mismo momento en que otro soldado entraba a la sala y apuntaba a aquella familia.

            —¡Qué está haciendo compañero!

            León vaciló por un instante.

            —Tomaré como prisioneros a estas personas! —respondió.

            —¿Prisioneros? ¡La orden fue matar!

            León vio que el soldado alistaba su fusil y comprendió que no podía aceptarlo. Sin perder tiempo dio un culatazo en el estómago a su compañero y luego otro en la cabeza.

            —Salgan de aquí ¡Rápido!

            Manuel asintió. Él y su familia salieron corriendo de la sala y se perdieron entre pasillos y pabellones. León se sintió satisfecho. Giró para ver a su compañero y se encontró con la culata de un fusil que lo golpeó. Todo se volvió negro.

            León abrió los ojos y sonrió. Se sentía tranquilo. No importaba estar amarrado al tronco de un árbol. No importaba estar frente a sus compañeros de armas. No importaba estar frente al pelotón de fusilamiento. Miró hacia su costado y vio que varios soldados estaban en igual situación. Suspiró alegre. No había sido el único en negarse a disparar contra compatriotas. Moriría en paz, orgulloso de haber hecho lo correcto. Observó las estrellas y volvió a sonreír…

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