Víspera de una muerte, por Areli Ulloa

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La noche es fría, el cielo grisáceo profundo y lejano, la luna llena asoma sus rayos en la puerta semiabierta del hospital, un corazón que late menos, unos ojos tristes, un temor que mata, un dolor que enjute un cuerpo inerte y amarillo desvaneciéndose a medida que pasan las horas en una esperanza incierta, una rabia contenida, una voz entrecortada y un suspirar constante, una que otra estrella mirando hacia la tierra como tesigos silentes de una moribunda encogida, la mujer está mal está mal. Unas manos gruesas y callosas acariciando a golpecitos el hombro de su compañera de siempre, aguanta Carmencita, aguanta viejita, como te juiste a empeorar tanto. Una mirada perdida, una camisa vieja, unas sandalias y una sala de espera tenuemente iluminada por un foco titilante al final del corredor. No hay nadie más ahí que dos cuerpos abrazados.

Carmen se queja se queja, lleva rato quejándose y él no sabe qué hacer. Nunca sabe qué hacer. Está desesperado, le recrimina en voz baja que se calle, que ya no se queje, que el médico ya viene y que te voy a preparar una agüita cuando lleguemos a la casa… no me pedí hacer esto, no te vai a morir Carmencita y me vai a dejarme así, tan solo. Se levanta y camina derecho por el corredor hacia donde está la señorita de blanco al final del pasillo en el mesón, allí da pequeñas vueltas como gato enjaulado que recuerda su presencia, que ya ha pasado más de cuatro horas desde que le pidió los datos y nada. La señorita pone muecas de disgusto y le pide que tenga más paciencia, que el médico ya está en aviso, que no me interrumpa con sus paseítos, no se ponga nervioso, ve que hay enfermos graves aquí adentro y acompañe a su mujer mejor que lo necesita.

El hombre no quiere moverse, me tiene que atender a mi Carmencita… llame de nuevo al doctor, que alguien la revise, que le de medicamentos, la señorita apenas levanta la mirada y continúa llenando sus libros.

El hombre regresa a la sala de espera, le suena una tripa y recuerda que no ha desayunado, que no a almorzado y no entiende por qué no siente hambre y tan flaco que está, hace días que no come bien, desde que se enfermó la Carmen, pero no le importa, lo único que quiere es que su mujer viva y ¿si el delirio que tuvo Carmen anoche fuese una ensoñación de su muerte?, ¿si la fiebre le parara el corazón y la mente? ¿Acaso iba a morir esta noche?, le toca las manos, le acaricia la cara, el pelo, de nuevo unos golpecitos para animarla a que viva, a que se recupere. No debía morir ahora, quien arroparía a las niñas y les cantaría canciones si tuviesen miedo por las noches. No debía morir ahora, porque entonces aquel hombre estaría solo frente al mundo y frente a todos.

Y ese olor que sale de su boca huele a sangre añeja, a bilis, ¿se estará pudriendo por dentro? ¿se le habrá reventado la hiel? Un olor fé?do inunda la sala. Es Carmen quién está arrojando espuma verdosa, amarilla y roja por la boca. El hombre mira a todos lados como pidiendo piedad, pero no hay nadie allí, sólo paredes vacías y una mujer a la distancia escribiendo impasible.

El hombre levanta a su mujer y se la lleva. ¡Espere hombre, a donde lleva a la enferma! El hombre no escucha, la noche está fría, unos perros ladran a la distancia y ni un alma por las calles desoladas. Ella camina despacito y se queja se queja, seguro le duele mucho porque nunca se ha quejado tanto en su vida, ni siquiera cuando parió en la casa, cuando apretó los dientes y pujó sin un grito, sin un sonido. De seguro le duele mucho y eso a él le mata, le paraliza, le enrabia. ¡Cállate que no te aguanto más! Que te voy a llevar a la casa, te pondré un guatero, te dejare bien arropada y que duermas ah … ¡que te duermas porque no te quiero escuchar más! … son esas noches en vela las que te tienen vomitando hiel. Ella no dice nada, como si esos gritos le sacudieran por dentro y le quitases sus últimas fuerzas, un cansancio espantoso que la quiere dejar tirada en la noche negra y fría.

Por fin, consigue llegar a casa, abre la puerta y deja a Carmen sobre la cama, prepara una agüita, un guatero, Carmen suelta alaridos y entre chillidos llama a las niñas. Las niñas lloran, ¡qué te pasa mamita!, ¡todavía te duele mamita!, ¡ay mamita! no llores mamita. El hombre en la cocina no soporta más, un terrible dolor le inunda el alma y ¿Dios? Nunca había pensado en él para su último socorro, pero ahora decidía creerle, había escuchado que Dios sanó a su vecina Aurora cuando estaba agonizando y que prácticamente la sacó de la tumba… que estaba muerta vecino, fría, prácticamente tiesa, cuando el caballero de arriba me llamó por mi nombre y me trajo de vuelta… Es que le rece tanto vecino que diosito se apiado. ¿Pero cómo rezaría él?, nunca le había hablado a Dios, nunca. Si hasta le tenía rabia. Entonces sólo se dejó llevar por la desesperación y la noche, así es que llevado como por una curadera corrió a buscar al único cura mujeriego y sin vergüenza que tenía el pueblo.

Las casuchas duermen, los arboles despiertos mueven sus ramas como fantasmas tras los ventanales, la noche es oscura, el frío duele, el hombre corre, cae, solloza, se levanta y sigue corriendo. Está cansado, hundidamente cansado. Una luz encendida en el cuartucho trasero del antiguo convento. El hombre patea su puerta, grita y llama, que se muere mi eñora, se desvanece, que diosito se entere, que quizás la sane, que alguien le rece. Silencio. El hombre llora ¿ni a Dios le importa? abre la puerta cura de mierda y ven a ver a mi Carmen no me escuchai que se muere.

Pero sólo recibe más silencio. El hombre cae, sigue llorando hasta que una puerta se abre, una nariz arrugada por la rendija de la puerta “espere a que amanezca hombre, váyase, no moleste… que no ha visto la hora, acaso está borracho… que te ha pasado ni en pelea de perros te ha visto hijo por dios” y el hombre ruega, por el amor de dios le digo a usted padrecito, que mi mujer se muere, que necesita un rezo… a usted le escucha padrecito, que no se lleve a mi Carmencita, que me la deje, no ve que se me muere. El cura abre la puerta y sigue al hombre que camina dando zancadas por la noche.

¡Qué Dios te castigue si me has hecho levantar en balde! Le amenaza el cura y cuando ve a la moribunda, tira cruces pal cielo y pide una ronda con los brazos menudos de las niñas, de él y del hombre para rodear el lecho de Carmen y canta y reza… recíbela en tu gloria… y sigue cantando y sigue rezando. Que no se muera mi mami, que no se muera. Un suspirar largo. Unos chillidos de niñas y una improvisada agua bendita de la llave en forma de cruz en la frente de Carmen.

Ya los primeros micros se escuchan a lo lejos, el cielo gris se ha vuelto blanco, una sábana vieja y limpia sobre el cuerpo de su mujer inerte y el hombre tirado con su cara al cielo como al fin descansando en un hoyo recién cavado.

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