El quinto de la tarde, por Abelardo León

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Sangre que ve la luz se la bebe la tierra.

—Federico García Lorca

—¡No me mates por favor!

El verdugo se sorprendió al oírlo suplicar por su vida. Ellos nunca hablaban y él estaba acostumbrado a darles muerte sin piedad (y sobre todo en silencio), con la frialdad de un carnicero: concentrado.

Uno, dos, tres movimientos y sus víctimas yacían en el suelo sacudiéndose mientras agonizaban, al tiempo que él levantaba su mano triunfante hacia el público quien paladeaba su sanguinaria tarea agitando pañuelos y mostrando sus afilados y blancos dientes. Siempre había sido así, salvo esta vez, en que el inocente, temblando de miedo ante su espada, le habló en lengua comprensible.

—No tienes que hacerlo. ¡Por qué a mí si nada te he hecho yo! —profirió el mártir intentando razonar con él.

A pesar que el asesino había comido algo ligero aquella tarde, un huevo pasado por agua, pan negro untado en aceite espeso, algunas tronchas de melón y uvas, aun así, culpó a la digestión de estar alucinando.

Se esforzó en concentrarse en su trabajo. No escucharlo sería mejor. Y cuando se disponía a dar su primer sablazo la víctima desesperada se defendió como pudo, primero esquivándolo y luego imponiendo su pesada mole para protegerse.

—Hazlo por ti, por tus padres, tus hijos. ¡Imagina que fueras uno como yo!

Las suplicas rebotaron en su cabeza como amebas agitándose en una pequeña gota de agua sucia. Pensó que ambos ya se parecían demasiado en ese círculo de luchadores, incluso antes de enfrentarse. La tragedia de todo victimario es compartir un primitivo vínculo con la sangre de su víctima.

El estoque se hundió en su espinazo, profiriéndole una herida de la cual manó sangre caliente que escurrió por su lomo y salpicó el suelo. Miró a la tribuna donde su madre y su prometida celebraron orgullosas su destreza para asestar con tanto coraje, gentileza y virilidad. Pocas horas antes del evento, había recibido la visita de las dos mujeres que le dieron su bendición. Al despedirse la más joven le prometió que aquella tarde lanzaría su velo como prueba pública e irrefutable de su compromiso.

El velo cayó a pocos centímetros de los pies del carnicero, se agachó para recogerlo, y cuando lo llevaba a sus labios para besarlo y responder con el gesto a su amada, el herido se alzó tras él y le profirió una profunda estocada en el costado derecho que perforó mortalmente su hígado. El gladiador volvió a sentir ese olor metálico de la sangre, esta vez brotando irremediablemente desde su interior. El espanto recorrió las graderías mientras que indefinidas siluetas saltaban a la arena para socorrerlo.

Al día siguiente, el periódico local daría cuenta del suceso ocurrido al matador en su última noche en la tierra.

Luego de persignarse y encomendarse a la virgen de la Macarena, Cristian Fernández, el novillero de Querétaro, se arrodilló y esperó largos minutos al quinto toro de la tarde. Islero apareció en la arena pasadas las seis. El torero recibió a la bestia con una verónica, seguida de una media con el diestro ligeramente de perfil y el compás abierto, lo que hizo que el público lo ovacionara de pie. Antes de recibir la mortal cornada su apoderado señaló que Fernández sudaba profusamente y que desvariaba, asegurando que oía voces. El toro Islero fue sacrificado horas después. Extendemos nuestras condolencias a la familia Fernández, a su distinguida madre y a quien fuera su prometida.

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